Archivo de la etiqueta: Theodor Adorno

El sueño del castrado – The Big Lebowski (Joel y Ethan Coen, 1998)

 

“En contraste con la era liberal, la cultura industrializada, como la fascista, puede concederse el desdén hacia el capitalismo, pero no la renuncia a la amenaza de la castración. Tal amenaza constituye la esencia íntegra de la cultura industrializada. Lo decisivo hoy no es ya más el puritanismo – aunque éste continúe haciéndose valer bajo la forma de las asociaciones femeninas – sino la necesidad intrínseca al sistema de no dar al consumidor jamás la sensación de que sea posible oponer resistencia. El principio impone presentar al consumidor todas las necesidades como si pudiesen ser satisfechas por la industria cultural, pero también organizar esas necesidades en forma tal que el consumidor aprenda a través de ellas que es sólo y siempre un eterno consumidor, un objeto de la industria cultural. La industria cultural no sólo le hace comprender que su engaño residiría en el cumplimiento de lo prometido, sino que además debe contentarse con lo que se le ofrece. La evasión respecto a la vida cotidiana que la industria cultural, en todos sus ramos, promete procurar es como el rapto de la hija en la historieta norteamericana: el padre mismo sostiene la escalera en la oscuridad. La industria cultural vuelve a proporcionar como paraíso la vida cotidiana. Escape elopement [fuga] están destinados a priori a reconducir al punto de partida. La distracción promueve la resignación que quiere olvidarse en la primera”.

Theodor W. Adorno y Max Horkheimer. “La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas”, en Dialéctica del Iluminismo, Editora Nacional, Madrid, pp. 138-139. Traducción de H. A. Murena.
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El gancho

  • Le debemos a Cracked, verdadera arqueología satírica de la cultura pop, el descubrimiento de una ignota banda que, como tantas, supo tener su gran hit. Hook es un video tan estúpido como la década que lo generó – estúpida y perversa -, lleno de los clichés de la contracultura MTV: el in crescendo del collage imagético que satura, las expresiones, la moralina final del apagar la televisión y leer un libro…sobre la Guerra civil. Si se tiene esa sensación, es porque la misión está cumplida. Hook es una farsa cínica, que se vende como tal suponiendo que lo hará desde dispositivos cuya lógica negarán desde un principio la farsa como crítica para subsumirla a la farsa de la mercancía.
  • Desde un principio, la letra advierte: No importa lo que diga/mientras lo diga con una inflexión/que te haga creer que voy a decir/alguna profunda verdad interior/pero no he dicho nada todavía/y puedo seguir así todo lo que sea necesario/y no importa quién sos/si estoy haciendo mi trabajo es tu voluntad la que se quiebra. El estribillo sólo refuerza la idea que no hay mentira, es sólo la música la que funciona como el gancho. Y he aquí lo brillante: la melodía es el Canon en Re mayor de Johann Pachelbel, un cliché barroco que vuelve como ritornello en la armónica de un cowboy obeso que hace funcionar la lógica del mercado que tanto sufría Adorno.
  • La intertextualidad del video sólo enfatiza la lógica espectacular del lugar común: el concurso de belleza, el acto político, los comerciales, hasta el sujeto convertido en espectador de su propia vida. Y mientras, sigue sonando la canción, la cual consciente de su propia banalización, manifiesta la violencia del deseo: quiero reventar todos sus globos/incendiar sus ciudades/hasta el piso que he encontrado/no voy a perder el tiempo.
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El affaire Sala (o sobre el monopolio de la tragedia)

 Gustavo Sala, Bife Angosto (19 de enero de 2012). Suplemento NO, Página/12.

Andreas Huyssen ha llamado la atención acerca de cómo se vulgarizó la sentencia – mal citada y descontextualizada – de Theodor Adorno que afirmaba que era imposible seguir escribiendo poesía después de Auschwitz. La idea era cómo hacer poesía después de eso antes que dejar de hacerla. Huyssen proponía a Maus de Art Spiegelman como un modelo alternativo al representacional-hollywoodense (La Lista de Schlinder) y al anti-representacional (Shoa, de Claude Lanzmann). El cinismo y la sátira pasaban a constituirse en herramientas válidas para alejar la historia de cierto moralismo edificante y represivo. El mismo Spiegelman afirmó que su obra partió de un planteo formal sobre cómo contar antes de qué contar. Señalaría dos puntos, entonces, para promover un examen más lúcido y menos histérico del affaire Sala: 1) volvemos a Adorno y su condena del paradigma Disney cuando decía que los espectadores se ríen de las patadas que le dan al Pato Donald para acostumbrarse a las que le serán propinadas a ellos mismos. El remate con David Gueta y Hitler haciendo bailar a sus prisioneros bien podría ser encarado de esa perspectiva. La aceptación festiva de la esclavitud como paso previo a la mercantilización de los cuerpos – expresado en la crudeza de los jabones de grasa humana –; 2) El planteo formal de cuatro viñetas que viene utilizando Sala hace tiempo le han otorgado un poder de síntesis significativo. Es la continuación del remate por otros medios, menos relacionado con la lógica del gag que con una condensación de la tradición under norteamericana pasada por el filtro argentino Parés/Podetti/Fayó. La sanción  se relaciona menos con un contenido antisemita-negacionista-pronazi, que con el desvío de un paradigma representacional instalado como modelo a priori del Holocausto, una disputa por el sentido institucionalizado del punto-de-no-retorno de la historia humana reciente.

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