Archivo de la etiqueta: Postelevisión

El regreso de los dragones

  • El suceso de Game of Thronesadaptación de la saga de George R. R. Martin – tiene que ver con varios factores, desde la calidad de producción hasta la renovación de la épica del siglo XX post-Tolkien, post-Lewis – incluyendo a Le Guin, Asimov, Lucas, Bodoc – La matriz mítico-cinematográfica en ese nuevo soporte que es la televisión en tiempos de Internet, sumado a las lecturas político-ideológicas es lo que permite al ¿género? gozar de un éxito expansivo y justificado más allá del mero dispositivo mercantil.
  •  La saga es reformulada cinematográficamente 15 años después de su primera aparición literaria. Tenemos la lógica histórica medieval-europea: el intento – fallido – de recomponer la unidad geopolítica imperial construida durante siete siglos por Roma. El resultado es una serie de reinos, nacidos de la fragmentación, siempre en pugna, pretendiendo convertirse en la nueva corona unificadora del mundo perdido. Feudos, bárbaros, dragones, lo desconocido – lo monstruoso -. Varios puntos que amenazan con unirse de formas inesperadas. Tal expectativa es la que impulsa y sostiene el relato.
  •  El relato  – una de sus posibilidades – se parece hoy demasiado a la situación de la UE: un montón de naciones otrora imperiales, luchando por gobernar a las demás, confiadas en los muros que detienen a las bestias, con los bárbaros siempre acechando. Y los dragones que regresan. Esos dragones parecen ser la clave ¿se trata de la vuelta del poder fantástico, de una verdadera imaginación política efectiva? ¿O son los viejos monstruos que nacen al calor del fuego de las hogueras encendidas por fanáticos y  siniestros? Mientras todos se distraen con traiciones palaciegas, los dragones crecen. Y ya se sabe: son carnívoros.
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El pop periférico o el fin de la Modernidad

  • El dúo cómico-telúrico compuesto por los neocelandeses Bret McKenzie y Jemaine Clement construyó en dos temporadas (2007–2009) un experimento televisivo post-Seinfeld que derivó en algo tan extraño como perfectamente desquiciado. Flight of the Conchords es el retro-pop periférico que llega demasiado tarde donde no pasa nada – o donde ha pasado todo, en New York – encarnado en esos dos imbéciles que exhiben las miserias de humanas sin refinamiento alguno. Como si todo empezara por la caída, ahorrándonos el sinsentido del ascenso.
  •  El nombre del grupo y el programa hace referencia a aquel avión francés que volaba a niveles estratosféricos, mostrando a sus pasajeros millonarios la curvatura de la tierra: el concorde es la imagen de una modernidad futurista cuyo fracaso inició el siglo XXI, cuando fue retirado del servicio en 2003. Antes, como suelen hacerlo los experimentos modernos, se llevó algunas vidas en un accidente que sepultó su ya precario funcionamiento.
  •  Estos concordes neocelandeses – que son de segunda para Australia, y en USA son sólo otros extranjeros de lugares extraños y lejanos que a nadie interesan – son insostenibles como estrellas de rock, o como proyecto musical mínimamente racional. Su delirio de ser exitosos no sólo no se cumple, sino que ni siquiera llega a raspar algo de glamour. Su manager Maury (Rhys Darby) es un funcionario de segunda del consulado; su única fan/groupie/acosadora es Mel (Kristen Schaal), una chica muy perturbada. Bret y Jemaine hacen de sí mismos, peleándose por las migajas de esa vida miserable, y – sospechamos, nunca estará claro en ese rictus neocelandés – queriéndose de a ratos.
  •  Esas dos temporadas sirven para entender la (post)televisión de otra manera, y ni siquiera pretenden instalarse como hito pop – como sí hiciera Seinfeld -. Les basta con haber dejado una veintena de capítulos lacónicos, ácidos, melancólicos e increíblemente divertidos.
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Alea Jacta Est

  • Luck es uno de esos productos neotelevisivos donde la fórmula grandes actores+trama compleja/coral supone ser un atractivo en sí mismo para terminar siendo una producción millonaria y sobrevaluada. Se debe a la incompatibilidad de intereses: los de David Milch, productor/creador de la serie quien también es criador de caballos; y los de un público completamente ajeno a ese mundo. El ritmo que se le imprime a la serie – al estilo Michael Mann, director del piloto y también productor – queda desencajado con la mezcolanza de personajes que hablan en una jerga inentendible – excepto, repito, si uno conoce los códigos del hipódromo -.
  •  El personaje más interesante no es Nick Nolte ni Dustin Hoffman, sino Dennis Farina. Su Gus Demitriou es el representante del espectador: un tipo que no entiende nada del negocio pero que pone el cuerpo, que observa, que está dispuesto a sacrificarse por su amigo Bernstein (Hoffman) en cualquier momento y que, sobre todo, ejerce esa mirada melancólica que tienen los habitantes de un mundo pasado y perdido. Viejos criminales sin fe en la nueva realidad, sostenidos apenas por un amor – aún – indescifrable y por un pasado en común igualmente oscuro.
  •   El resto de la serie se sostiene en base a tensas secuencias cuya razón es difícil de comprender, pero que son efectivas a fuerza de juegos de cámaras, de esa iluminación californiana, el ocre decadente de un imperio en descomposición – sintetizado en la magnífica introducción – “La economía del país está en la lona”, dice Bernstein. Nunca mejor oportunidad para los criminales que se mueven tras la máscara legal del capital: la corporación, el juego, el uso de las grietas del sistema.
  •  Gus es un buen tipo, a pesar de todo. De lo que lo rodea, ya ni siquiera eso puede decirse.
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Lost (post scríptum) – 5ta Parte/Conclusión

Cuando los naúfragos llegan a la Isla, un oso polar se les aparece y Sawyer le dispara, matándolo de inmediato. Ese viejo oso polar, muriendo en medio de una isla selvática, bien puede ser el Estado que ha devenido absurdo. Y absurdas son también sus categorías: nación, pueblo, soberanía. Es una vuelta al estado de naturaleza, donde las alianzas son inestables, la violencia se confunde con la praxis política y el otro es siempre un enemigo potencial. El desarrollo del proceso concluye en Jack, en quien empezó, y cuya muerte – la muerte del público, de aquel viejo público -, tiene su punto de fuga en el avión que finalmente logra abandonar la isla. Eso ha sido LOST: el planteo de una realidad prepolítica que corre el riesgo de autoaniquilarse pero que encuentra su resolución en la construcción imaginativa de otro(s) mundo(s) posible(s). Ese mundo posible, el paralelo, encuentra su comienzo en la vuelta al orden – el statu quo se recompone y hay que volver a trabajar -, pero encuentra en la memoria como manifestación radical del intelecto general, en su praxis colectiva, la falsedad de dicha realidad donde el trabajo como organizador y dador de sentido de la vida es reemplazado por la realidad del encuentro, del compartir y del entender que el liberalismo existencial ha encontrado también su fin, y con él el de su caballito de batalla: el individuo. Liberados de sí mismos, los sujetos sólo pueden reír y amarse, con la luz que iluminándolo todo nos dice que es hora de posicionarnos, de salir de nuestras pequeñas y mezquinas islas para dejar de estar tan perdidos, o aún mejor, de poder seguir perdiéndonos con los otros, en ellos y viceversa. Y así llegar, combatiendo, a ser quienes somos.

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Lost (post scríptum) – 4ta Parte

La escena final abusa del melodrama y las cámaras lentas, algo común en la propuesta estética de las series televisivas norteamericanas, pero sin embargo LOST logra exceder ese non plus ultra que implica el no tomar posiciones, el no avanzar críticamente, el no tomar verdaderos riesgos. En la capilla protestante, un vitreaux contiene los símbolos de varias religiones y credos. El cajón vacío permite liberarnos de la idea de la muerte como significado último de la vida, y el padre de Jack, al salir de aquel espacio en el que no tiene lugar, activa la entrada de un nuevo presente, una nueva forma de ser y hacer con los demás en un aquí y ahora que se constituye en el encuentro, que siempre es un re-encuentro, a pesar de ser perfectos desconocidos los que lo llevan a cabo.

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