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En torno a Doppelgänger: entrevista a Matías San Juan y Pablo Vigo

A mediados de este año, Matías San Juan y Pablo Vigo presentaron un trabajo en conjunto titulado Doppelgänger, publicado por Editorial La Pinta, representante de la nueva movida de editoriales independientes en Argentina. A partir de este trabajo, resultado de años de experimentación y trabajos colectivos y personales, los autores reflexionaron sobre qué significa hoy hacer historietas en un contexto particular pero en diálogo con un fenómeno global en cambio y expansión. La entrevista completa, acá.

 

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El mantra del esquematismo

  • El breve e intenso experimento gráfico emprendido por Loris Z nos deja ver la evolución de un autor que desde Persona (2009) a Vestido de Cobras – pasando por la aún inconclusa Eisenstern – ha recorrido un camino particular. Sin duda la matriz de su obra pasa por lo (a veces semi)autobiográfico, pero el género no queda afuera de la ecuación. Desde su tira ha comenzado a fusionar los elementos que suponen una división entre lo real y lo imaginario, negándose a relegar a un toque retro todo ese corpus experimentado y heredado en la postrimería de la sociedad de masas, algo que constituye al sujeto que aún tiene que trabajar, viajar, enfermarse y sufrir, para también resistir dibujando y pensando.
  • Un planteo formal de cuatro viñetas mostradas en forma cúbica encuadra esa cotidianidad que transmite ansiedad, encierro, angustia, que amenaza con escapársele a su propia autor, y debe ser salvado por la puesta en página. Las tiras son epigramas, breves ensayos desde un blanco y negro crudo, sucio, ejecutado con precisión. Loris Z se apura a dibujarse para poder pasar a la próxima tira, como quien recita un exorcismo del día que pasó.
  • Menos metafísico que Kioskerman, más parco que Liniers, sin la exacerbación de Sala – más cercano, tal vez, a autores como Kochalka – Loris Z sin embargo se inscribe de alguna manera en esa línea autoral donde el ejercicio narrativo pasa por la puesta el señalamiento del dispositivo mismo, como para descartar la transparencia y pasar directamente a contar – sin remate, sin coherencia, sin chiste, sin moraleja -. La forma es también fórmula: el mantra del esquematismo como estrategia de armado de sí mismo, un puzzle que inventa sus propias piezas constantemente.
  • Cada viñeta es un espejo que no hace más que reconstruirnos, transportados por el trazo del otro.
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Fuego, camina conmigo

Berliac, 5 para el escolaso (2009). Editorial La Pinta.

Hay locura en esas viñetas. Lo interesante es cómo está lograda: 8 paneles dispuestos en sucesión esquemática. A partir de la cuarta la acción comienza a acelerarse e inmediatamente quedamos atrapados en la secuenciación desquiciada de ese final en rojo. Dos detalles exquisitos: el lápiz de labio sigue siendo distinguible entre esa tormenta de sangre; los anteojos no están pintados, sino que pareciera como si el lápiz hubiera pasado debajo de ellos, o acaso no lo sabemos, pero ella se los quitó en una elipsis ocupada entre viñetas, despreciando el deseo salvaje del lector de reconstruirlo todo para poseer el sentido final. Esto es lo que Berliac ha entendido muy bien: no se trata sólo de la elipsis, sino de amenazar con derribarlo todo en esa ceremonia que sus imágenes crean entre sí. Hay un diálogo interesante, en varias direcciones, cuya posibilidades se nos sugieren – aunque no explícitamente -, y disparan nuestras propias lecturas. ¿En dónde está la violencia de la tira? Técnicamente, no pasa nada. Sin embargo, desde esa aceleración inesperada – intensificada por la disrupción del texto, ese guardián último del sentido – que tensa la lectura; desde el exasperante color rojo, asociado a la muerte violenta, nos sobresalta la intriga, el misterio de la secuenciación que nos arrastra como un tren, de página en página, hacia la sorpresa. Toda la historia es onírica, pero de esos sueños sustentados por el deseo oscuro, terrible, el que puede transformar el espacio-tiempo – la obsesión de David Lynch -.  Y el Villano con su cara de agujero negro, de muñón xilográfico brecciano, distorsionada como un rostro de Francis Bacon. Un policial surrealista, ni más ni menos. O sólo un policial, a secas. Y en blanco y negro. Un juego de cartas, mujeres, las armas y sí, finalmente, el fuego.

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