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Las armas del presente. Postfacio a “Los Sofistas”, de Jorge Quien

Los Sofistas - J. Quien

Jorge Quien, Los Sofistas. RiL Editores/Tren en Movimiento, Santiago de Chile, 2015.

LAS ARMAS DEL PRESENTE (POSTFACIO)

Tal es mi poesía: poesía-herramienta/a la vez que latido de lo unánime y ciego./Tal es, arma cargada de futuro expansivo/con que te apunto al pecho.

Gabriel Celaya, “La poesía es un arma cargada de futuro”.

        Alguien, leyendo Los Sofistas, podría decir: “A lo que ha llegado la historieta”. Me lo imagino así, sin signos de exclamación indignada ni tono de resignación, sino como verificación y señalamiento de que algo ha cambiado, y para bien. No tengo dudas que hasta no hace mucho, Los Sofistas hubiera sido impublicable para una editorial, o si se prefiere, por fuera del circuito del fanzine – y de hecho, algo sobre la autopublicación Jorge conoce -. Que esto sea hoy un libro ya habla de un estado de la cuestión que es, al menos, interesante.

            Oscar Masotta decía que, a la hora de determinar el valor de una historieta, había que tener en cuenta cómo esa historieta se revelaba a sí misma como lenguaje – y por extensión, desnudaba ese lenguaje en general, tan a menudo sublimado en sus géneros. El camino que ha seguido la historieta desde entonces – es decir, la década de 1960 – ha sido el de la desmaterialización de los géneros por otras maneras de contar, aquella menos atadas a la tradición historietística que sin embargo han renovado y reinventado la historieta.

Existe también otra posibilidad que personalmente disfruto y agradezco, y es la de no renunciar al género, pero tampoco renunciar a esa posibilidad de autorrevelación. ¿Acaso no lee uno, entre otras cosas, para transformarse? Tal vez no en ese sentido directo, tan consciente, pero creo que todo lector anda a la búsqueda de algo. Y muchas veces es inesperadamente que nos encuentra el cambio, la mutación, cuando creíamos estar en el placentero terreno de lo conocido. Reconozco que al comenzar a leer Los Sofistas, no entendía muy bien qué pasaba ahí. Al mismo tiempo, había algo en la construcción de esas frases kilométricas que podía ser decodificado como ironía, como burla, pero también como mensaje: el aviso de una revolución por venir.

            Jorge pone en primer plano la ciencia ficción concebida como “iconografía del espacio interior” (J. G. Ballard dixit). Y es muy justo y acertado, porque ese género narrativo mutó y sirvió de vehículo para esas transformaciones del lenguaje que se reclamaban y se advertían al mismo tiempo. La ciencia ficción comenzó a ser, más que nunca, un recuerdo del presente por venir. Yo profanaría esa frase de Celaya y diría que, en el caso de Los Sofistas, la historieta es un arma cargada de presente.

            ¿Y qué presente es ése? Bien, no hay dudas que es una especie de ciencia-ficción situacionista, porque plantea aquella Sociedad del Espectáculo de Guy Debord como plataforma de la realidad mundial concretada. En la obra de Debord el presente del nuevo (bio)capitalismo perdía su inmaterialidad al ser señalado como tal, como quien pasa a existir luego de ser descubierto jugando a las escondidas a plena vista. Debord develaba el presente del capitalismo global en construcción; Jorge redobla la apuesta y nos propone el estallido de lo ya construido, de lo impuesto. Una sinfonía en dos movimientos, a través del tiempo y el espacio.

En manos de Jorge, la historieta condensa todo aquello que es herramienta, y de herramienta pasa convertirse en arma: la poesía, la literatura (desde Kurt Vonnegut y J. G. Ballard hasta Thomas de Quincey); el arte (Christo); la cultura pop (Jean-Claude van Damme y Don Corleone, versión del siniestro Don Francisco); y por supuesto, la historieta (la luz siempre aparece como estallido filoso y puntiagudo, como los destellos que dibuja José Muñoz). Jorge no sólo nos muestra el arma, sino que nos la ofrece.

            Juego de espejos: Los Sofistas apreció originalmente publicada en el sitio Artishock, una revista digital chilena de arte contemporáneo – signo de los tiempos -. Jorge se ríe de la institución arte, al plantear la pregunta: Si una obra de arte fuera verdaderamente una operación revolucionaria encubierta, ¿se darían cuenta las instituciones artísticas? Y responde: “No”. O más bien, ¡BOOM! Los sofistas podrán morir, la bomba se quedará sin conductores pero no sin dirección. Jorge dibuja los hongos de la explosión como árboles, la destrucción también da nueva vida a las formas.

¿Y qué queda después del estallido? Bien, eso ya nos incumbe a todos nosotros. Los Sofistas cambian la utopía capitalista por la distopía, su otra cara, y cierran el ciclo. Un principio de respuesta está en esas formas unicelulares, la vida en el nivel más básico, que juegan a convertirse en otra cosa, infectan las líneas de comunicación del imperio, le dan vida a ese maravilloso Golem recuperado del expresionismo alemán. Vemos el lenguaje darse forma a sí mismo, en la búsqueda de los excelentes dibujos de Jorge, pero también en nuestras miradas que combaten por el sentido que esa voz omnisciente pretende quitarnos para calmarnos la consciencia. Es esa misma voz que, derrotada, admite: “La razón ya no sirve. Tenemos que apelar a otro tipo de lenguaje, una belleza nueva…”. Los Sofistas es esa propuesta, ese plan de operaciones que no niega ni clausura la historia sino que insiste en hacerla permanecer en el estallido.

¡BOOM!

 

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La historieta, esa amiga imaginaria. Entrevista a Jorge Quien.

Pablo Turnes: Veo en tu obra una característica compartida de los autores de historieta particularmente de este principio de siglo: combinás tu formación artística con tus lecturas de cómics. Y los resultados son muy interesantes, cambiás de estilo narrativo todo el tiempo, aunque mantenés el blanco y negro como recurso formal. ¿Ha sido conflictivo ese traslado de un campo al otro o, por el contrario, ha sido natural?

Jorge Quien: Ha sido natural, aunque también conflictivo. Creo que todo autor de cómics con formación artística ha experimentado en algún momento esta aparente contradicción. Es decir, entre el hacer algo “cómico” y algo “serio”. Yo dibujé historietas desde muy chico (aún conservo mis primeros fanzines fotocopiados de Spiderman yManzinger Z) y luego en Chile estudié Comunicación Visual, carrera que integraba saludablemente aspectos de la cultura popular como la historieta y el video. Era tan saludable que no tardó en fracasar y cerró a los tres años. Entonces me pasé a Bellas Artes, a una facultad donde me metí de lleno en el arte conceptual. Entonces advino la mencionada crisis entre arte e historieta. Durante esos años me dediqué a explorar distintos medios y materiales –instalaciones y performance principalmente– y después seguí por ese camino de inauguraciones, exposiciones, catálogos, críticas, becas y otras vicisitudes típicas del arte contemporáneo. Y aunque nunca dejé de hacer historieta, dibujé menos y dejé de mostrarla. Dibujaba para mí mismo y lo poco que hacía iba directo al cajón, sin pretensiones artísticas ni de publicación. Algo de este material ha ido apareciendo en mis antologías de historieta breve. Pero la comunicación entre arte y cómic se hizo más natural a partir del año 2000, cuando hice mi primera exposición individual –Nostalgia de la Superpintura– dedicada a mi lectura de los superhéroes. Ese año también dibujé mi primera historieta importante –Humanillo de Indias– basada en las pruebas de entrenamiento de los futuros astronautas en los años sesenta. Desde entonces he sido conciente de que arte y cómic, aunque distintos, son campos afines que comparten un mismo substrato creativo. Pero no sólo arte y cómic, cualquier actividad constructiva comparte en el fondo una misma motivación artística.

La entrevista completa, en Entrecomics.

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