Archivo de la etiqueta: Ernst Gombrich

La Ley de Töppfer

Máscara de piedra, período neolítico precerámico (7000 A.C.). Musée de la Bible et Terre Sainte, París.Máscara de piedra, período neolítico precerámico (7000 A.C.). Musée de la Bible et Terre Sainte, París.
  • Scott McCloud se preguntaba qué hacía posible el seguir distinguiendo un rostro aun cuando éste fuera descompuesto hasta su abstracción elemental. Proponía su fórmula: amplificación por simplificación. Ésa es la lógica de la máscara – y por lo tanto, del rostro -, porque la máscara es la persona, una construcción que portamos pero que no vemos, que es reconocida por los demás y de esa manera deviene personalidad socialmente construida, colectivamente significada. En Tanin no kao, el Sr. Okuyama destilaba su resentimiento por no tener rostro deseando sacarle los ojos a la humanidad. Su socio, el psiquiatra, expresaba la utopía antiestatal: un mundo de iguales sin rostros, donde el control es imposible.
  • Ese Smiley neolítico es particularmente impactante. El reconocimiento humano se va construyendo en base a esa simplificación de los rasgos que permiten universalizarlos, por así decirlos. La humanidad – esa errática y desafortunada invención – se reconoce en los gestos y acciones culturalmente aprehendidos que son a su vez maneras de encauzar las pasiones que subvierten el control que los cuerpos se imponen sí mismos: la risa y el llanto. Gombrich lo llamó la Ley de Töppfer: “todo dibujo de una cara humana, por muy torpe o pueril que sea, posee por el mero hecho de haber sido dibujado, un carácter y una expresión”. En ese sentido, dibujar es re-construir el trazo que nos hace humanos, justamente porque es un dibujo en constante expansión y retracción – el carácter humano nunca está naturalmente garantizado -.
  • La caricatura viene de caricato, cargar algo de sentido – de ahí, la cargada -. David Carrier afirmaba: la secuenciación es la síntesis de una multiplicidad de elementos irreductibles. De ahí que las historietas nos muestren qué es ser una persona; personajes de la gran tragedia universal donde todos actuamos nuestros roles, donde todos somos máscaras.
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El pasado, una ilusión

Jesús Cossio, La Captura de Abimael Guzmán (1992-2012. 20 Años en la Historia del Perú, octubre de 2012). Galería (e)Star, Lima.
  • Desde la denuncia de la presidenta Fernández contra la caricatura de Sábat hasta la golpiza de Ali Farzat a manos de agentes sirios, el satirista sigue siendo una figura incómoda y necesaria. Lo que acaba de suceder en Perú con la censura de algunas obras correspondientes a la captura de Abimael Guzmán dentro de una muestra retrospectiva sobre los últimos 20 años de la historia política peruana se inscribe en esa línea de tensiones entre el poder estatal y los dibujantes. Lo interesante suelen ser los argumentos bajo los cuales se procede a una actuación legalmente legitimada contra lo que no deja de ser una serie de trazos.
  • El absurdo no lo es tanto: la reconstrucción del pasado es también su transformación. Los argumentos legales aún no se conocen, pero la fuerza pública ya entró en acción. Lo que está en juego son las posibilidades electorales de grupos y personas involucradas con el terrorismo de Estado en el proceso represivo contra Sendero Luminoso. Como si salvar de alguna manera al enemigo borrara las huellas del crimen que implicó el ejercicio del poder estatal. Basta un dibujo para demostrar que la ilusión del poder sigue siendo el poder.
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Viva el Rey

Manel Fontdevila, ¿Monarquía o República? (La Muerte de la Monarquía, Especial de la revista El Jueves, julio de 2012). Ediciones El Jueves.
  • En su ensayo Los Principios de la Caricatura (1938), Gombrich se preguntaba acerca del porqué de la tardía aparición de la caricatura – finales del siglo XVI -. La respuesta con la que dio es sumamente interesante: se necesitó tiempo para perderle el miedo a la dimensión mágica de la imagen. Dibujar algo implica controlarlo, transformarlo. Los salvajes que se negaban a sacarse fotos sabían de lo que hablaban. Algo de uno siempre es capturado y congelado en formas que pueden resultar extrañas a nuestra propia mirada.
  • La sátira política se construye sobre esa dimensión mágica irreductible de la imagen. Trillo y Saccomanno fijan el inicio de la historieta argentina/rioplatense en un acto subversivo: la caricatura del burro que grita “¡Viva el Rey!”. Desde la condena a Daumier por su caricaturización de Luis Napoleón a la denuncia de la Presidenta Fernández por el dibujo de Sabat, la relación entre el poder político y la sátira siempre ha sido complicada. Y es que el cuerpo presidencial – o imperial o real – es en buena parte lo que constituye ese poder, y la sátira lo distorsiona hasta hacer su caricatura efectivamente real: Yrigoyen es un peludo, Illia una tortuga, etc.
  • Fontdevila es de los mejores a la hora de pintar descarnadamente las miserias de la realidad española. La revista donde publica, El Jueves, fue censurada hace algunos años por su tapa con los príncipes. En tres páginas Fontdevila hace del burro y el rey la misma cosa. No hay piedad con el monarca, mucho menos con el lector. Señala un compromiso: “Esto es lo que Ud. se aguanta todos los días”, una forma de decir “¿pretende seguir haciéndolo?”. Quién sabe, aquel burro que anunciaba la independencia tal vez haya vuelto multiplicado por los asnos que alaban la economía, la monarquía, la seguridad, la policía.
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Nuevas corónicas, malos gobiernos

Miguel Det, Novísima Corónica i Mal Gobierno (2011). Ediciones Contracultura.
  • Det recupera para sí – y para nosotros – la potencia política inscripta en la obra de Guaman Poma, revelando a la Nueva Coronica no sólo como documento histórico neutralizado sino su dimensión ideológica, su carácter revulsivo en la construcción de un otro que no entraba necesariamente en los cánones colonizadores. El Mal Gobierno al que se ataca furiosamente es un relato compuesto desde las pautas formales de la coronica americana – la utilización del plano, el centro enmarcado, la tipografía colonial – pero también en esa reconstrucción está una manera de denunciar ligada a una posición de izquierda radical. De Guaman Poma a Tupac Amaru, de Haya la Torre a Mariátegui, Det condensa en sus viñetas toda una tradición de lucha y resistencia del Perú.
  • El señalamiento de la recuperación de una estética americana es importante – también lo encontramos en la obra de Cossio – porque funciona como indicador de una consciencia cristalizada de manera particular, la necesidad de entenderse como americanos desprendiéndose del peso colonial del término para pensarnos herederos de toda una tradición de luchas por la construcción de una vida mejor. Aquí Det traduce lo mejor de la izquierda gráfica europea – Grosz, Masereel – en coincidencia con los reclamos que dieron origen a los movimientos zapatistas: las Juntas de Buen Gobierno.
  • La explicitación de la posición política del autor no es mera búsqueda de efecto, sino que hay ahí una continuidad con la sátira gráfica – americana, esta vez – tal como se ha desarrollado desde el siglo XVI en adelante. Ernst Gombrich se preguntaba por qué había tardado tanto en aparecer la caricatura. Y se respondía: porque hizo falta tiempo para perderle miedo a la dimensión mágica de la imagen. Algo de esa propiedad de modificación de lo real aún existe en el dibujo político. Y Det nos lo devuelve multiplicado.
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