Encuentros y reencuentros – Deseando Amar (Fa yeung nin wa, Wong Kar Wai, 2000)

El encuentro de los cuerpos es, en el sentido spinoziano, la tangente constitutiva de todo lo existente. Los cuerpos son en un equilibrio de movimiento y reposo, y todo lo que hacen o dejan de hacer se ecuentra en ese entremedio sin principio ni fin. Ni siquiera la muerte cobra demasiada importancia en ese esquema: es, tan sólo, un “mal encuentro”. Gilles Deleuze había titulado su libro En medio de Spinoza justamente por eso, porque al formar parte de algo eterno, al ser extensión de la sustancia, en algún punto somos eternos también. Y lo eterno es aquello que no tiene ni principio ni fin, y se da origen a sí mismo.

La melodía que cruza toda la película de Wong Kar Wai es la banda sonora de ese entremedio donde se encuentran los cuerpos de la Srta. Chan y el Sr. Chow. Podemos hipotetizar: ¿qué hubiera pasado si no se hubiera dado ese encuentro fortuito, esa coincidencia, si cualquiera de los dos hubiese llegado apenas algunos segundos más tarde? No importa, es demasiado tarde para hipotetizar. Incluso después de las líneas que describen trayectorias, aún después de la intensidad del punto de encuentro – su banal punto de encuentro, la cocina donde las miradas de los hombres atareados no se cruzan con esa ninfa, el sudor, la sopa ¡el recipiente de la sopa! -, sigue sonando la música. La música es un tipo de eternidad, no por nada es también un lenguaje matemático: puede reproducirse, potencialmente, al infinito, incluso más allá de la duración de la existencia de quienes la compusieron, la ejecutaron, la escucharon, disfrutaron o padecieron. Como las ondas en el espacio que siguen viajando para ser captadas en otra galaxia, sin dejar de seguir su camino hacia ninguna parte.

Para nosotros es demasiado tarde: hemos caído en el hechizo, podemos recomponerlo hasta el próximo (mal) encuentro. Pero me gusta pensar que en algún lugar del vacío, aún se escucha y se ve esta maravilla por primera vez. Después de todo ¿qué quiere decir “demasiado tarde” o “primera vez” cuando no hay ni  principio ni fin? La promesa del loop tal vez nos devuelva el tesoro perdido, en un millón de años, o en cien, y entonces todo volverá a empezar. O tal vez ya lo hizo, y esta es su prueba.

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Genealogía del mal gobierno

Manel Fontdevila, El Jueves Nro. 932 (Junio de 2014)

Manel Fontdevila, El Jueves Nro. 1932 (Junio de 2014)

Una vez más, los decadentes Borbones – toda dinastía monárquica está condenada a la decadencia – se las han arreglado para joder un poco más a la España que gobiernan desde hace unos tres siglos, con los breves intermezzos napoleónico y franquista. La revista El Jueves ya se había visto envuelta en un asunto parecido cuando en 2007 fue obligada a retirar la portada que mostraba a Doña Leticia y al príncipe Felipe en acto non-sancto. Lo que en aquel momento más bien unió posiciones hacia el interior de la revista, esta vez ha logrado todo lo contrario: los mejores asistentes, entre ellos el autor de la tapa Manel Fontdevila, han renunciado a seguir trabajando para la publicación. Que un tipo como Fontdevila, clave en un momento como el que está pasando España, deje un espacio tan importante es un muy, muy mal signo de cómo viene la mano. Lo triste es que esta vez no hubo orden judicial, sino que fue directamente un cambio sin demasiado aviso previo y con argumento dudoso que dio la pauta que El Jueves volvía a estar presionado por la RBA, el grupo que la edita (en Entrecomics se puede leer de manera detallada la sucesión de hechos que llevaron al resultado final).

Como dije, todo un síntoma de los tiempos. La corona parece estar en jaque por una situación social que no da más, donde la abdicación viene a señalar justamente esa debilidad: la imposibilidad de sostener los privilegios cuando el hartazgo generalizado va acumulándose. De todas formas, es muy probable que los Borbones se las arreglen para permanercer en la cima, más allá de los reclamos independentistas y más o menos republicanos. Argentina algo sabe de los problemas de la caricatura y los poderes del Estado – desde el caso de Cascabel durante el peronismo, hasta Tía Vicenta siendo clausurada por el Gral. Onganía; Satiricón ganándole la pulseada al gobierno de Isabel Martínez sólo para ser definitivamente cerrada por la Junta Militar; o el caso de Humor siempre en la cuerda floja- .

Me remito al origen de la caricatura en el Río de la Plata – atribuida a Francisco de Paula Castañeda -, aquella que comenzó con un burro gritando Viva el rey, un regalo para lo que podría ser una perfecta portada de El Jueves, y para los que se ilusionan con los fastos monárquicos ilustrados en las revistas de la farándula. Detrás de toda fortuna, hay un crimen. La monarquía es, a esta altura, una acción criminal. Que viva la república, y dejemos el rey para los burros.

Francisco de Paula Castañeda (ca. 1810)

Francisco de Paula Castañeda (ca. 1810)

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El iconoclasta. Entrevista a Esteban Podetti.

Entrevista realizada junto a Amadeo Gandolfo.

A.G.: ¿Cómo se financiaba la ¡Suélteme!?

E.P.: Y, en realidad no se financiaba… [risas] Creo que queda grande la palabra financiamiento. Pedimos un préstamo al Fondo Nacional de las Artes, con el aporte fundamental de Emiliano Migliardo que puso su moto como garantía. Y con esa guita creo que nos alcanzó para los dos o tres primeros números. Al préstamo los fuimos pagando un poco con lo que sacábamos de la revista, un poco con lo que poníamos de nuestro bolsillo. Para el número cinco ya llegamos medio ahí cagando… La verdad que nos faltó una cabeza editorial o financiera que nos ayudara a seguirla. Y después ya llegó el momento donde cada uno tenía sus responsabilidades, era muy difícil llevarla adelante. Creo que si hubiera vendido, nos hubiera alcanzado para mantenerla, pero era mucho trabajo. Me parece que tiene que haber una pata que venga de otro lado, que se dedique exclusivamente a eso.

P.T.: ¿Y eso es lo que no había en los ’90?

E.P.: No la conocíamos nosotros, seguramente había. Yo sé que la revista Mongolia,[2] cuyo uno de sus directores es Darío Adanti, tiene un socio muy importante que se dedica exclusivamente a eso [Gonzalo Boye]. No es dibujante, ni humorista ni nada, un tipo al que le gusta la revista pero que sabe mucho del tema editorial, del financiamiento, creo que es abogado con lo que también sabe de temas legales, cómo presionar para que los distribuidores te paguen, etc. Es otra cosa, te enfrentás a un mundo de gente a la que uno va con la mejor intención y los tipos en lo único que están pensando es en cagarte.

La entrevista complenta, acá en Entrecomics.

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Lo irreal es lo real – Blue Velvet (David Lynch, 1986)

El lema de La Sombra (The Shadow) era: “¿Quién sabe qué mal se oculta en el corazón de los hombres?… ¡La Sombra sabe!” Cuando vi la escena introductoria de The Straight Story (Una historia sencilla, que en realidad sería mejora traducida como la posta, y teniendo en cuenta el juego de palabras del apellido de los protagonistas, los hermanos Straight), me di cuenta que en esa América profunda – lo que sea que eso quiera decir, en este caso, quiere decir esto – lo único que David Lynch tenía que hacer era prender la cámara. Que no es poco. ¡Lynch sabe!

Todo en Lynch se parece un poco a un apocalipsis y a una epifanía, que desde su sencillez o su mero absurdo nos conmueven porque adquieren una dimensión absoluta. No se trata de entender lo que pasa, sino de conmoverse. Cuando un sujeto que mira una película de Lynch está más preocupado por entender una trama según el dictado de Aristóteles, ese sujeto está jodido. Y aún peor, ese sujeto no entendió nada, porque pasa por arriba del dadaísmo, del surrealismo, de las revoluciones, de las guerras mundiales. Si ese sujeto dice “esto no me gusta”, bien, es su derecho. Si dice “no entendí nada”, es el principio de una experiencia o sólamente el epitafio de alguien que hizo cosas como hacemos todos, pagó sus impuestos, y un día se murió. David Lynch filma el mundo después del fin del mundo, que es todos los días. Filma el no-sentido de la vida, de todo lo existente. Y no digo el sin-sentido, porque eso es suponer que debería o no haber un sentido. El sentido al universo se lo dan las cosas que existen en él, y que, por lo tanto, son el Universo. Si uno dice “la vida o el cine”, está eligiendo dos términos que dan sentidos a ese no-sentido. Qué duda cabe, yo me quedo con el cine.

No es mero capricho, ni provocación, es filosofía. Y la filosofía es potencia en acto, y no potencia pura, idealizada, descarnada. Que es también una posibilidad, pero una triste. Yo quiero hablar de Lynch: me remite a ese acto donde esa potencia se concreta de manera singular, y tal vez fugaz, y después se pasa a otra cosa – la vida, pongamos -. Soy como el/los personaje/s de Naomi Watts en Mullholland Drive, cuando comienza a temblar en El Teatro del Silencio, sin saber ella misma por qué, ni uno tampoco. La cuestión es temblar.

Hay una escena que no pienso mostrar, veanla. Es así: en esa misma película, de la nada, aparece una escena que no tiene conexión directa con el resto de la historia, y que empieza y termina en sí misma. Hay dos tipos en una cafetería, en esos cafés como los que filma Tarantino para sus conversaciones de mafiosos, muy barato, muy L.A. Un tipo le confiesa al otro que tuvo una pesadilla donde estaban en ese mismo café, salían de ahí, y a la vuelta – donde hay un estacionamiento de esos que sólo pueden existir en las ciudades donde todo es cemento, concreto, gris – se le aparece el tipo más horrible que vio en su vida, y se muere del susto. Los dos tipos salen, pasan por el estacionamiento, y al dar la vuelta, se aparece una especie de homeless verdaderamente horrible, extremadamente siniestro. Y el tipo que había tenido la pesadilla la concreta muriéndose. Pero nosotros, los que miramos, seguimos vivos.

The Shadow knows!

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