La Ley de Töppfer

Máscara de piedra, período neolítico precerámico (7000 A.C.). Musée de la Bible et Terre Sainte, París.Máscara de piedra, período neolítico precerámico (7000 A.C.). Musée de la Bible et Terre Sainte, París.
  • Scott McCloud se preguntaba qué hacía posible el seguir distinguiendo un rostro aun cuando éste fuera descompuesto hasta su abstracción elemental. Proponía su fórmula: amplificación por simplificación. Ésa es la lógica de la máscara – y por lo tanto, del rostro -, porque la máscara es la persona, una construcción que portamos pero que no vemos, que es reconocida por los demás y de esa manera deviene personalidad socialmente construida, colectivamente significada. En Tanin no kao, el Sr. Okuyama destilaba su resentimiento por no tener rostro deseando sacarle los ojos a la humanidad. Su socio, el psiquiatra, expresaba la utopía antiestatal: un mundo de iguales sin rostros, donde el control es imposible.
  • Ese Smiley neolítico es particularmente impactante. El reconocimiento humano se va construyendo en base a esa simplificación de los rasgos que permiten universalizarlos, por así decirlos. La humanidad – esa errática y desafortunada invención – se reconoce en los gestos y acciones culturalmente aprehendidos que son a su vez maneras de encauzar las pasiones que subvierten el control que los cuerpos se imponen sí mismos: la risa y el llanto. Gombrich lo llamó la Ley de Töppfer: “todo dibujo de una cara humana, por muy torpe o pueril que sea, posee por el mero hecho de haber sido dibujado, un carácter y una expresión”. En ese sentido, dibujar es re-construir el trazo que nos hace humanos, justamente porque es un dibujo en constante expansión y retracción – el carácter humano nunca está naturalmente garantizado -.
  • La caricatura viene de caricato, cargar algo de sentido – de ahí, la cargada -. David Carrier afirmaba: la secuenciación es la síntesis de una multiplicidad de elementos irreductibles. De ahí que las historietas nos muestren qué es ser una persona; personajes de la gran tragedia universal donde todos actuamos nuestros roles, donde todos somos máscaras.
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Confesiones de una máscara

Máscara mortuoria de Walt Whitman (1819 - 1892)Máscara mortuoria de Walt Whitman (1819 – 1892).

Mi máscara es mi verdad.

Peter Altenberg.

  • El origen de la palabra máscara parece incierto. Existe el mascus latino – fantasma -, el maskharat o maskharah arábigo – bufón -, y sus derivados: maschera, mask, masque. Hay una etimología particularmente interesante, la española: más que la cara. Viendo las máscaras mortuorias de los personajes cuya obra conocemos de una forma o de otra, este más-que-la-cara es sin duda lo perturbador y fascinante. El origen de la costumbre de aplicar un molde de yeso como último registro del que ya ha pasado puede rastrearse en la Antigüedad Clásica pero fue en la Edad Media cuando su uso se hizo costumbre entre la nobleza. Podríamos decir que se trataban de formas de registro pre-fotográficas e incluso pre-retrato como género pictórico, pero no es necesariamente cierto.
  • Existían además – y en tiempos fotográficos – máscaras en vida. Esto complejiza las cosas: ¿por qué ese molde de yeso que se deforma y distorsiona hasta convertirse en un segundo rostro tiene semejante impacto? Tal vez sea su textura y su tridimensionalidad que lo ponen más cerca de aquella materia que está llamada a deteriorarse y a perderse para siempre. El yeso da cuenta de las arrugas, los lunares, las desproporciones evitadas por los retratos y más o menos ausentes en la fotografía – el daguerrotipo podía ser implacable, pero la fotografía nunca deja de ser fantasmagórica y, por lo tanto, irreal -.
  • El testimonio de las máscaras mortuorias es interesante: la muerte sincera los rostros. Desprendidos de las pasiones y las tensiones, los cuerpos se relajan al cesar en su modo de existir. Miren al febril Marat, con su mueca burlona; el severo Napoleón con su rostro expansivo; Cromwell con gesto rígido y puritano. Supongo que sólo eso nos queda: la sospecha de un rostro. El resto son historias.
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Estudiantes a estudiar

Diego Cirulli, Nene sin banco (de la serie Educación pública, 2012, trabajo en progreso) Acuarela sobre papel, 39 cm. x 29 cm.Diego Cirulli, Nene sin banco (de la serie Educación Pública, 2012, trabajo en progreso). Acuarela sobre papel, 39 cm. x 29 cm.
  • Dice Cirulli: “La investigación artística que estoy desarrollando busca poder moverse de ese espacio de las instituciones que están caducos, de ese espacio de autoridad, que a las luces de los hechos no están aportando a las necesidades de las masas o los sujetos de esos espacio. Pienso que habitando esos sitios y  sensibilizando las simbologías actuales pueden ampliarse y modificarse sus connotaciones, por lo tanto sus espacialidades y la carga de las mismas […] A partir de esto me fui concentrando en los elementos visuales mas sencillos que conforman el cuerpo de la educación pública: la indumentaria escolar”.
  • Desde esos cuerpos-uniformes (en ambos sentidos), de alguna manera Cirulli invierte la fórmula anterior: lo que desaparece es la arquitectura, dejando los cuerpos suspendidos, devolviendo la mirada al poder disciplinador tan vacío como sus espacios. La autoridad, por lo tanto, tiene un sentido estético. Los uniformes son sumamente significativos, accionan mecanismos más o menos conscientes pero instalados para siempre, nos descubre a nuestro propio disciplinamiento.
  •  Cuerpos dóciles y obedientes son, sin duda, tan importantes para la escuela como su objetivo de desarrollar sujetos sociales. Justamente porque una cosa y la otra nacen juntas, y a menudo son la misma cosa. Uno puede olvidar los rasgos faciales, pero el molde uniformado ya ancló para siempre. He visto esos uniformes dominicanos – o similares – en Brasil. Interesante ver cómo cada sistema escolar adquiere sus propias características estéticas partiendo de los mismos presupuestos – la homogenización de los cuerpos párvulos con sus medias, zapatos, polleras de tablas, camisas, etc -. ¿Podría hacerse una especie de genealogía de la autoridad, del disciplinamiento de los cuerpos, identificando y singularizando lo que está hecho para objetivar y por lo tanto des-subjetivar, des-singularizar?

Agradezco a Diego Cirulli el compartir su obra y sus reflexiones y el permitirme compartirla desde este blog.

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La arquitectura de la autoridad

Richard Ross, Celdas de contención - Fuerza de Tareas Conjunta, Guantánamo, Cuba (de la serie Arquitectura de la Autoridad, 2006).Richard Ross, Celdas de contención – Fuerza de Tareas Conjunta, Guantánamo, Cuba (de la serie Arquitectura de la Autoridad, 2006).
  • La mirada de esos espacios bajo el concepto Arquitectura de la Autoridad los vuelve doblemente perturbadores. Es en ese silencio ausente de cuerpos donde los espacios muestran su materialidad ideológica: están hechos para ser ocupados y utilizados, tanto como para exigir una disciplina, un código de conducta de los sujetos que pasan por ellos. Richard Ross abre un abanico de las infinitas posibilidades – cada una un microcosmos fascinante y perverso -: desde una cámara de inyección letal al set de la serie Law&Order; de una oficina en Damasco al Hotel Hyatt en Berlín. Espacio y mirada se afectan mutuamente, resignificándose. 
  • Aquí un elemento paradojal: el neo-objetivismo del registro fotográfico presupone una mirada donde los cuerpos están ausentes. Pero, sin cuerpo – el artista – no habría registro desde un principio. Pareciera ser como aquel acertijo zen: si un árbol cae y no hay nadie para escuchar la caída ¿hace ruido? ¿Tiene sentido un espacio construido con objetivos socialmente específicos sin sujetos? Lo perturbador es que esos espacios han interrumpido, de alguna manera, el flujo del poder y de esa manera han queda expuestos en su función disciplinaria. El arte como disruptor del orden y como puesta-en-escena que implica borrar al artista para construir su efecto.
  • Pensaba también en esas impresionantes fotografías de bibliotecas de Candida Höefer, que nos enfrentan al oxímoron entre la libertad del conocimiento y la disciplina del espacio cultural. La Cultura es en sí misma un dispositivo restrictivo que nos ofrece romper sus límites, un espacio siempre en disputa. Las bibliotecas a veces se parecen demasiado a las cárceles imaginarias de Piranesi, el tejido más siniestro de la Modernidad europea: el conocimiento, la disciplina y las cárceles fueron desde el siglo XVIII las instituciones de los Estados-Nación, el regalo envenenado al Pueblo, elusivo y ambivalente objeto del poder.   
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