Archivo de la categoría: Filosofía del Arte

Ecce Homo (para Pina)

Gracias, Linkillo.

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El MAR (en construcción)

Fotografía: Azul Blaseotto (2012).

Fotografía: Azul Blaseotto (2012).

ED: ¿En qué consistió tu investigación previa sobre el museo?

AB: La obra, que terminó llamandose “Negocios inmobiliarios, clase y naturaleza en colores ¿cómo construir un museo?” nació de la sorpresa y la perturbación de estar caminando un día por Mar del Plata y ver un cartel de obra que decía “Acá se está construyendo el mar”.

¡¿Cómo “acá se está construyendo el mar?¡El mar está ahí, está dado, es naturaleza. Por un lado, el discurso textual, pero y además, el discurso imagético: cuando uno miraba la foto que había en el cartel, una proyección de lo que sería la obra, eran tres cubos de hormigón armado a la orilla del mar, sobre una plaza seca, bajo el rayo de sol, sin un solo árbol. Eso me llevó a reflexionar sobre cómo se plantea la obra pública desde el punto de vista de cementar los espacios verdes y la mismísima orilla del mar.

Por supuesto que eso pretendía ser una ocurrencia “divertida” de marketing ciudadano, pero por eso mismo me fue urgente señalar un urbanismo entendido como administración de llenos y vacíos y no como dimensión vital de disfrute del entorno natural dado; una cultura basada en el marketing; y una casa para lo contemporáneo que tanto en lo arquitectónico como en lo simbólico retoma parámetros modernos cuestionados y resistidos. Me pareció además que se podía vincular con la historia de la obra pública en la Argentina, con cómo se conciben los museos y también con la historia de la construcción de museos públicos en la argentina.

La entrevista completa, acá.

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Ayotzinapa

Diego Rivera, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947). Fresco, 15,60 ,ts. x 4,70, Museo Mural Diego Rivera, México, D. F.

Diego Rivera, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (1947). Fresco, 15,60 mts. x 4,70 mts. Museo Mural Diego Rivera, México, D. F.

Una frase atribuída a Profirio Díaz, el hombre fuerte de México que definió toda una época – el Porfiriato, 1876-1911 – ha quedado impuesta como el estigma mexicano: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Lo cierto es que la frase pertenece, al parecer, a Nemesio Garcia Naranjo, director del diario La Tribuna e intelectual mexicano. Pero el hecho que se le atribuya a esa condensación de la historia latinoamericana – pendulando siempre entre la tiranía y la revolución – que es Porfirio Díaz le otorga varias capas de sentido que aún resuenan cuando se menciona la frase. Y cuando se la piensa.

La familia de Enrique Peña-Nieto, el presidente mexicano, es aquello que nosotros en Argentina – cada país tendrá lo suyo, sobre todo en Latinoamérica – mejor identificamos con el menemismo y su herencia que hasta hoy reaparece cuando esas estrellas de cuarta categoría, viejos deportistas, vedettes, opinólogos e idiotas de todas las clases asumen un rol político desde una candidatura que tiene tanta sustancia y consistencia como la espuma marina. Sin embargo, no hay que subestimar la banalidad del poder, o mejor dicho, la banalización de la realidad que el poder ejerce impunemente, porque acaso el poder del poder sea justamente la impunidad. Ejemplo: ante la insensibilidad demostrada por el presidente mexicano y las instituciones del Estado Federal – incluyendo por supuesto a las fuerzas de seguridad que se apuraron en reprimir las protestas y manifestaciones en cada oportunidad que tuvieron -, la familia presidencial se dedicó a celebrar con los fastos correspondientes a Halloween (“[…] tan cerca de los Estados Unidos”), en la residencia oficial de Los Pinos. La hijastra de Peña-Nieto, Sofía Castro (sobrina de Verónica Castro y prima de Cristian Castro), lució un disfraz de La Catrina o La Calavera Garbancera, la mujer-esqueleto cración del dibujante y caricaturistas José Guadalupe Posada (1852-1913).

Sofía Castro como La Catrina, 29 de octubre de 2014, Los Pinos, México D. F.

Sofía Castro como La Catrina, 29 de octubre de 2014, Los Pinos, México D. F.

Lo de “garbancera” hacía referencia a lo que podríamos llamar cierto “mediopelo mexicano”: una pequeña burguesía de vendedores de garbanzos que pretendía ser europea, disfrazando su indianidad con sombreros de pluma franceses, por más que no pudieran así disfrazar la desnudez de sus huesos. Acaso sin saberlo, pero con todo el peso de su clase, Sofía Castro ha cumplido el mandato del anatema mexicano: La Catrina garbancera que festeja Halloween mientras el pueblo reclama por sus muertos, por sus jóvenes, por sus estudiantes de la carrera de maestros normales, histórica formación de cuadros revolucionarios que han quedado como recordatorio de aquel hito que reaparece como viejo topo.

La Catrina o La Calavera Garbancera, de José Gudalupe Posada (1913).

La Catrina o La Calavera Garbancera, de José Gudalupe Posada (1913).

En su mural, Rivera presenta en el centro a La Catrina del brazo de su creador, Posada, flanqueada por el mismo Rivera que aparece como niño, con su cara de “adorable batracio” como le decía Frida Khalo. La mismísima Frida aparece detrás de él mostrando el símbolo del ying y el yang. Sobre la izquierda de La Catrina, mas atrás y un plano algo superior, el mismísmo Porfirio Díaz con todas las galas militares decimonónicas oficia de busto tutelar. Se condensan a un lado y a otro personajes de toda la historia de México, desde los autos de fe coloniales a la represión policial de los campesinos (y éstos en los márgenes del cuadro, o siendo empujados hacia ellos, siempre hacia el linde de la historia donde no puedan verse, donde desaparezcan, donde no tengan lugar en la Gran Foto Nacional). Benito Juárez, los revolucionarios, los criollos, los indios y mestizos, militares e intelectuales. Esa foto irresuelta – porque sus personajes están en pugna, pero ésta no está decidida, no termina, ¿acaso alguna vez lo hará? – es la que hoy vuelve a nosotros en la tragedia de Ayotzinapa. Ese lugar donde Morelos en 1813 asentó las bases de una repartición más justa de las tierras, de una comunidad sin patrones, de la solidaridas y el justo reparto y partición de los recursos de la tierra y de la vida. Esa misma vida que hoy es negada por el crimen del poder y el narcotráfico, que son la misma cosa.

¿Qué está pasando en México? Ésa es la pregunta a la que los medios en general responden como mejor saben hacerlo: fragmentando, ocultando, mostrando separado lo que está junto, y junto lo que está separado, por usar la fórmula de Guy Debord. Los invito a leer el Manifiesto “Por un México sin crimen”, donde se expresan las razones y se convoca a firmar el manifiesto, con la idea de recolectar firmas y continuar una campaña de denuncia, revelación, despertar, pérdida de miedo, hartazgo, valentía…es decir, todas esas pasiones contradictorias que a veces la multitud convierte en desastre, y otras, como en esta, en reivindicación de la vida.

El Manifiesto, acá.

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Carta a Paul

¿Cómo fue ese momento Paul? Te imagino diciendo “Move over, John, la voz es mía, la guitarra es mía, quedate con el bajo. Esto es rocanrol sucio, esto es también lo que podemos hacer, lo que YO puedo hacer”. John habrá puteado (como siempre), pero se la aguantó, tocó el bajo como pudo. No importaba, era rocanrol sucio, y eso también él lo sabía hacer.

¿Cómo fue ese momento, JohnPaulRingoGeorge? Todos peleados, todo para la mierda, mucha guita, mucha falopa, mucho ego. ¿Cómo es que en medio de la bosta sacan una gema, una gema que sigue brillando? El Álbum Blanco es un faro que nunca se aleja, se mantiene, no se apaga. Es un rompecabezas, son fragmentos, retazos de lo mejor que el caos puede dar.

Yo decía que mi favorito era Paul. Después cambié a John. Es lógico: una familia de provincias, pequeñoburguesa, la Biblia y los Beatles. El modernizado gusto de los reprimidos. Yo decía que mi favorito era Paul, porque él también era un (talentoso) pequeñoburgués. Estábamos demasiado cerca, después cambié a John. Y John es el pibe más lumpen, más jodido, resentido, forro, el que te bolasea. Como todo pequeñoburgués, la culpa de clase te tira para eso que no sos, ni serás. ¿Cuántos de nosotros se negarían a la medalla del Imperio? ¿Y cuántos la tendrían todavía bien guardada, lustradita? Paul, me hiciste saltar en el Monumental cuando arrancaste con Gira Mágica y Misteriosa, pero todavía guardás la medalla Paul. Y todavía está vivo y seguís tocando rocanrol. De pequeño no te queda nada, de burgués todo. Y yo sigo buscando entre la bosta, mientras miro las gemas que son como las estrellas: algún día se van a apagar (algunas ya se apagaron), pero a mí me llega tarde la luz y por eso las sigo viendo, por eso sigo esperando la mano inesperada/acariciándome el rostro.

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La imagen tan temida

Robert Cornelius, autorretrato (daguerrotipo, ca. octubre de 1839)

Robert Cornelius, autorretrato (daguerrotipo, ca. octubre de 1839)

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso. (Walter Benjamin, Tesis sobre la Filosofía de la Historia Nro. 9, 1940)

En 1839, Louis Daguerre presentó oficialmente lo que se llamaría daguerrotipo: sobre una superficie de plata y mercurio, una reacción química volvía a la placa fotosensible fijando una imagen. El invento se difundió rápidamente por el mundo – para la década de 1840 ya había llegado a la Confederación Argentina, cuyo jefe Juan Manuel de Rosas se negó a que su imagen fuera tomada, desconfiado y astuto como era, sabiendo que los retratos al óleo lo favorecerían en el devenir de la Historia. No se equivocaba -. Lo interesante del auto-retrato de Robert Cornelius es la sospechosa proximidad con el invento de Daguerre. Sin embargo, no hay duda que el tiempo es inmediatamente contemporáneo al invento. Lo que me interesa es la posibilidad descubierta y sospechada al mismo tiempo en la mirada de su autor que es también su modelo. Por un lado, el auto-retrato ya contaba con una larga tradición que había comenzado con la idea misma del retrato: la construcción de una imagen que resista al tiempo más allá de su modelo original. Desde Albrecht Dürer a Velázquez, de Goya a Kirchner, los autores se auto-retrataban en ese juego de espejos que es y no es real. Heredamos miradas a las que sumamos la nuestra, aunque en verdad no tengamos ni la sospecha de un rostro.

La desconfianza en la mirada de Cornelius es múltiple: desconfianza en la técnica aún a comprobar; el temor a qué reflejo devolverá la máquina. Hoy, la auto-foto es casi un género en sí mismo, paso obligatorio de fotologs, Facebook, perfiles varios, etc. De aquella desconfianza inicial a la completa entrega de la imagen propia que está hecha para presentarnos y des-apropiarnos una vez que esa imagen entra en el flujo intenso y constante de las redes informacionales. Es, después de todo, la lógica de la mercancía, su flujo constante e imparable más allá del mundo que la ha producido y de nuevo hacia él. Recuerdo la amenaza que Paul Atreides hacía a los mercaderes en Duna, cuando tomaba el poder: la especia no fluirá (“the spice will not flow”). Era el anhelado deseo de terminar con el capitalismo con un solo día de huelga global. Ya es demasiado tarde para eso. La desmaterialización de las especias sublima su lado sucio y sangriento, la producción escondida por la re-producción.

 Pensaba también en el mito de Narciso, distorsionado por el psicoanálisis que ha contribuido a malinterpretarlo. Me explico: Narciso no se en enamora de sí mismo, sino de la imagen que ve reflejada y que piensa que es otro (¿cómo podría saber que era él si nunca se había visto?). Lo que pierde a Narciso es el sumergirse en ese otro desconocido, sin calcular las consecuencias que son, por otra parte, imprevisibles. Las pasiones son un juego peligroso. Vuelvo a la mirada de ese joven romántico y decimonónico, quien tomaba su foto en los tiempos en que Esteban Echeverría escribía El Matadero. Una divergencia interesante: el norte americano comenzaba con su proceso de fe ciega en la técnica; el sur americano su desconfianza en la técnica, y su manifiesto del desprecio al otro, formas distintas de entender la fórmula civilización/barbarie. Algo de esa mirada se pierde en un punto fuera del cuadro. La mirada, la nuestra, está formada tanto por ese desencuentro como por la búsqueda de aquello que quedó fuera del plano, y que aún hoy seguimos buscando, sabiendo que apenas podremos rescatar algún fragmento. No tendremos mucho más en esta vida, toda civilización contiene la semilla de la barbarie, toda civilización no es más que un fragmento entre otros fragmentos. La mirada de Cornelius es, también, la del Ángel de la Historia: mira hacia un atrás que nos está vedado. Nosotros sólo podemos ser empujados por el aliento de fuego de la creación, hasta que sea nuestro turno de volver la mirada y ser consumidos por aquello mismo que insufló vida a la barbarie que supimos construir. The spice will not flow.

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