Tu quoque, Art?

Spiegelman-CH

Pablo Pardo: Las caricaturas, los cómics, siempre son transgresores. ¿Por qué?

Art Spiegelman: Porque, como dice la Semiótica, son unidades de significación muy pequeñas. No importa cuán políticamente correcta, o cautelosa, sea, cada viñeta es un insulto, porque simplifica hasta el extremo. Se las puede usar con sutileza -por ejemplo, al transformar a las personas en ratones-, pero siempre son muy obvias. En todo caso, yo soy un fundamentalista de la libertad de expresión.

La entrevista de Pardo parael diario El Mundo puede leerse acá.

Agradezco a Berliac que me puso en aviso, y con quien mantuvimos un interesante intercambio, que cito a continuación.

Berliac: Me tienen los huevos llenos con escencialismos del tipo “la caricatura es esto”, “la caricatura es lo otro”. Me recuerdan a mí a mis 20 y pico diciendo que el comic es arte. Si la escencia de la caricatura es ofender, qué podemos decir de la escencia de una metralleta…Si el caricaturista ideal ofende, el terrorista ideal mata, cada uno a su rol, y todo sigue igual.

Yo sigo con Pablo Turnes: el derecho de ser idiota no significa que debas serlo. Si lo eres, es por elección, lo cual justifica totalmente tus actos y sus consecuencias. Y no, por consecuencias no me refiero a islamistas ofendidos, me refiero a que siendo un semanario de tal envergadura automáticamente te vuelve una herramienta política, encarnas ciertos valores, lo cual te hace blanco de las metralletas. Quien apriete el gatillo da igual, tristemente.  p.s: Obviamente que Spiegelman va a escribir como si todo este asunto fuese sobre la libertad de expresión, apoyando la versión de que los islamistas (de los que lo único que parece saber, o querer decir, es que llevan turbante) están detrás del ataque, etc, etc, los diarios de clase media blanca quieren eso, y nadie más clase media blanca que él.

Esto fue parte de una discusión en Facebook, a partir de la subida de esa página de Spiegelman, al parecer inédita hasta entonces. Admito que ser citado como fuente en este caso me perturba un poco, así que me propuse responder lo mejor posible:

Estoy de acuerdo, hay mucho miedo en esa respuesta de Spiegelman, creo que en general esto [me refiero a los sucesos de París] ha sucitado un desconcierto entre los dibujantes en particular, como repitiendo un mismo esquema de respuesta sin alejarse del “deber-ser”, provisto por una supuesta ética laboral y una moralidad del derecho de expresión. Pero me parece que no es lo mismo que sea un fundamentalista islámico que un fundamentalista católico, protestante, judío, nacionalista blanco, etc. La idea que uno está “contra todo fundamentalismo” puede ser sincera la mayor parte de las veces, yo no veo mala intención en esa declaración. Pero lo cierto es que el fundamentalismo en abstracto no existe, a menos que uno quiera negar toda la presión cultural y medática que forma parte de esa misma cultura, que la provee de imágenes que definen y categorizan. “Pibe chorro” tiene una imagen; “político corrupto” tiene una imagen; “terrorista” también. De hecho, cuando se hace un uso retrospectivo del término – ej. “El Che Guevera era un terrorista” o incluso en presente: “es un terrorista” – ahí hay una estrategia discursiva para identificar varias experiencias distintas bajo la misma idea, que es la de la violencia política como algo radicalmente inaceptable y digno de punición. Quien hace eso, y quienes sostienen ese discurso desde posiciones como las de Spiegelman, entre otros – aunque Spiegelman no es cualquiera -, están permitiendo el ejercicio de un tipo (otro) de violencia discursiva, y por lo tanto, ideológica. 

Primero, diría que se trata del problema de haber despolitizado tanto todos los discursos, que permite que hoy verdades de Perogrullo como “la violencia es inaceptable” alimenten, paradójicamente, la respuesta violenta desde la posición (falsamente) pacífica; segundo, toda posición que parte del punto que sostiene que no puede haber política si hay violencia, entonces no ha entendido nada, ni de su historia ni de las historias de los otros. Foucault lo hizo evidente: no es que la guerra sea la continuación de la política por otros medios; es la política la continuación de la guerra. Es cierto que estamos en guerra, una guerra múltiple y simultánea, como una hidra de muchas cabezas que no dejan de aparecer mientras otras son cortadas. La cuestión es saber en qué campo la va a pelear uno, y ahí hay que saber elegir. Por ahora, creo yo, ni dibujantes ni lectores han sabido en su mayoría cómo resistir este embate que los obligó a todos a decir lo mismo. Y por eso digo que el golpe reveló las debilidades: señalando el gesto fascista de obligar a callarse, se han olvidado del otro gesto facista, el de obligar a decir.
Lo curioso es que respondí esto antes de leer la entrevista a Spiegelman, sólo habiendo leído/visto su página de manifiesto. La idea de un “fundamentalismo de la libertad de expresión” puede sonar audaz, transgresora, deseable. Pero creo que es indudablemente una trampa, y una peligrosa, porque permitiría asumir finalmente un fundamentalismo que justifique las peores acciones (los fundamentalismos no están para propender a la paz, la armonía universal, la felicidad, etc.), en nombre de un derecho republicano constitutivo de la democracia. En todo caso, la idea es cómo construir un republicanismo radical, y no un fundamentalismo que tiene como base una de las normas constitucionales principales, pero tampoco la única. De hecho, en eso mismo consiste la lógica fundamentalista: hacer de un principio fundamental un imperativo excluyente, negando todos los otros fundamentos. Y eso no puede suceder sin la des-historización y des-contextualización, que son estrategias deliberadas y en las que se pone un énfasis y una inversión de esfuerzos mayúsculos. El mejor (contra)ejemplo es el Corán y la religión islámica: los fundamentalistas islámicos se han convertido en el único referente posible de esa religión que es múltiple en sus acepciones, culturas que la adoptan, lenguas en que se leen sus textos, etnias, tradiciones políticas, partidos, figuras, etc. Eso facilita mucho el no-pensar, el aceptar esa figura monolítica del Otro radical al que hay que exterminar, no porque seamos malos (o buenos), sino porque ellos son peores. El relativo laicismo de las sociedad occidentales ha tomado por segura la imposibilidad de caer en el fundamentalismo porque sólo ve una raíz obligadamente religiosa (lo cual además habla de cómo se ven esas otras sociedades religiosas e incluso teocráticas: como algo retrasado en la Historia, en sus lindes, como diría Hegel, y por lo tanto, reducidas en su dimensión humana). El hecho de que alguien como Spiegelman asuma tan alegremente semejante estupidez es para preocuparse. Queda el desafío: ¿cómo hacer del lenguaje, propongamos el historietístico, una vez más una herramienta de subversión del sentido común que es un callejón sin salida? La respuestá está en la práctica, en hacer dibujando, escribiendo, leyendo. Pero esa práctica no podrá llegar muy lejos si antes no asumimos lo que somos: sujetos políticos sin posibilidad de asumirnos inocentes. Otra cosa es la falta de información, y la estupidez que suele acompañarla. Pero de ahí a hacerse el boludo…en fin, quien hace eso, ya ha dado un paso en la toma de posición. De seguro, no es la mía, ni la que yo propongo, y no lo va a ser.

 

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2 pensamientos en “Tu quoque, Art?

  1. daniel ojeda dice:

    Salvo que armonìa en castellano va sin “h”,en lo demas un todo de acuerdo..

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