Es pesado el oberol – El último Elvis (Armando Bo (hijo), 2012, Argentina)

¿Puede considerarse a El último Elvis como un film político? En principio no, si tenemos en cuenta que está planteado antes que nada como un melodrama. Un melodrama argentino, para ser más exactos, aunque sin caer del todo en lo peor que ese mismo melodrama argentino repite una y otra vez, sobre todo desde los formatos televisivos. Ésta es sólo una pata de la película, la otra sería la inclusión de personajes y ambientes de la “vida real”, de ese mundo de clase media proletarizado, de los deshechos de la sociedad  que son la sociedad, pero desde una periferia algo invisibilizada. Esto está bien demostrado en los actores principales: Griselda Siciliani, habitué de las tiras Suar, que parece bastante contenida cuando amenaza en caer en el estereotipo de mina-argentina-ciclotímica-que-ama-y-odia-a-la-vez-con-frecuentes-ataques-de-histeria; John McInerny, que es y no es actor, en esa tradición asentada desde películas como Mundo Grúa (Pablo Trapero, 1999) o El viento se llevó lo qué (Alejandro Agresti, 1998), es decir de personajes de la vida que se vuelven personajes de pantalla.

Pero más allá del recorrido que va construyendo las implicancias de esa proletarización (la explotación en la fábrica, la explotación en la agencia de espectáculos, la familia disfuncional, los sueños lúmpenes, los escenarios de una urbanidad derruida, la bizarreada, los golpes bajos de la vida), creo que el núcleo principal está más allá de esas capas y cuando se revela, pone en cuestión incluso la manera de narrar, una manera de narrar que señala a la siempre problemática dimensión “nacional” de lo que se produce (en este caso, cine).

Me refiero a ese mundo de imitadores que viven como sí, en una realidad que les dice a los gritos (literalmente) que ellos no son eso que quieren/creen ser sino que son lo que son, determinados por esa realidad de conurbano bonaerense, de sur porteño, de cotidianeidad hecha a palazos donde subsiste una burbuja pequeñoburguesa con los resabios de aquello que “supo ser”, donde cosas como el rock anglosajón se mantienen como emblemas de un saber superior, de un plusvalor cultural que ha devenido – literalmente – imitación de la imitación. De ahí el kitsch, sin intención de serlo, sino como única salida. Y como se verá, la salida es falsa, es un callejón cerrado, aquello que Solanas y Getino llamaban en La Hora de los Hornos (1968) “un suicidio cultural”.

No es mera coincidencia: mucho de ese arrastre cultural primermundista donde el rock encontró un lugar privilegiado comenzó en los 60s, cuando el rock aparece “inventado” y masificado a escala global. Desde posiciones más extremas, como la mencionada de Solanas/Getino, casi con el manual de Hernández Arregui abajo del brazo, se condenaba ese corpus foráneo como la penetración cultural del imperialismo. El síntoma del rock, 50 años después, es ya no la de una juventud sublevada – siempre en tensión en esa doble faz de rebelde/consumidor – sino la de una pequeñoburguesía conservadora, blanca, que sostiene las viejas banderas ya depuradas de su actitud subversiva como último estandarte de la distinción de clase. Digámoslo así: el rock ya no es una amenaza, todo lo contrario, la amenaza pasa por otros lados. El rock es lo establecido, y su continuidad pasa o bien por sus sucesivas rupturas y desdoblamientos; o bien por su imitación. Lo que queda son aguas estancadas que se van pudriendo, acaso sin saberlo, o negándose a hacerlo. Están condenadas a la extinción, y El último Elvis (ya toda una declaración) funciona como epitafio.

Volviendo a la pregunta inicial, se puede decir que a) todo film es en algún punto político; b) siempre se puede hacer una lectura política de un film. Entre el melodrama, el costumbrismo lumpen del (viejo) Nuevo Cine Argentino, esa matriz política en la declaración del fin de un sueño que duró demasiado, se encuentran momentos que valen por sí mismos, por su encanto bizarro, su patetismo y por qué no, su belleza. Como dice el personaje trifásico de Carlos Gutiérrez/Elvis Presley/John McInerny: “Dios me dio su voz (la de Elvis). Yo sólo tuve que aceptarlo”.

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