¿Qué ves cuando me ves? – Contracted (Eric England, 2013)

Contracted (2013)

 

De alguna manera, Contracted retoma ese gesto universalizador que ha permitido a algo tan demodé como los X-Men mantener su contemporaneidad – y no porque siempre hayan sido contemporáneos: hasta la llegada del tándem Byrne-Claremont (en la década del H.I.V. además)  eran literalmente una rémora del laburo industrial-demencial de Kirby/Lee dos décadas atrás -. La cuestión es: en la adolescencia algo te pasa, algo se jode para siempre. Y ante esa disyunción, que es tomar consciencia de los propios defectos antes que de la propia potencia, uno se destruye un poco. Podría ser disparar rayos de los ojos y destruirlo todo, o saber lo que todos piensan todo el tiempo, o tener pelos azules por todo el cuerpo, etc. En este caso, en este tiempo, es una suerte de adolescencia tardía, tecnologizada, donde las sexualidades son bastante fluidas (del lesbianismo al heterosexismo hay un paso, o dos, o tres, ida y vuelta) y donde todo ese extraño mundo por momentos tan ascéptico – a pesar de todo, y justamente por eso – va a parar al diablo con la vieja sabia y puta Madre Naturaleza: un virus. ¿Cuál? De eso se trata, de lo desconocido.

En breve, todo empieza con una escena de necrofilia. Y claro, pocas cosas más concretas que la necrofilia…en principio. Porque ese escena se va a resignificar con el tiempo desde una pregunta muy jodida, muy perturbadora: de un lado un vivo, de otro una muerta, pero ¿quién se coge a quién? Ése es el dato a tener en cuenta, ya que si ésa y no otra es la lógica de la trama de la película propiamente dicha, es básicamente la historia de los mecanismos de transmisión de un virus. Es decir, que Contracted nos revela que si nos abstraermos de la trama zombie – mejor dicho, que es posible abstraerse de esa trama -, estamos frente a la posibilidad de un parasitismo de una especie sobre otra donde la última no termina de aceptar la ruptura de la imagen que tiene de sí misma como especie dominante.

Esto dado, además, en una sociedad del consumo de la imagen. Esa especie de visión sobre el posmodernismo donde ya no sólo consumimos mercancía en su materialidad sino que antes que nada consumimos e intercambiamos íconos – producto siempre de una explotación, el plusvalor del sudor indio, filipino, chino, boliviano, etc. – , ha dado un giro interesante y preocupante: consumimos la imagen de nosotros mismos – y la de los otros, que a su vez nos consumen – como la cosa en sí. Somos imagen, estamos cada vez más atados a esa auto-reproducción digital la cual al mismo tiempo intentamos corregir esquizofrénicamente todo el tiempo reemplazándola con…¡más imágenes! ¿Qué pasara si fueras tan feo, tan deforme, tan repulsivo que no pudieras existir en la sociedad de la imagen porque les recordás a los demás cuan carnales son, y cuán cruel y defectuosa puede ser la carnadura?

A Samantha (Najarra Townsend) todos la sienten extraña. Rápidamente les causa a todos sus conocidos/familiares/amantes una gran repulsión, aunque eso no sea evidente en principio para uno como espectador, ni teóricamente para ninguno de los personajes. Pero algo ha cambiado en esa chica, y no hay vuelta atrás. Y vuelvo a la tesis del principio, con los mutantes en la época del SIDA: Samantha es lesbiana pero no se decide a hacerlo o decirlo (que acaso terminan siendo la misma cosa en una sociedad donde uno debe autorepresentarse todo el tiempo), dependiendo el contexto y el lugar: ¿De qué trabajas? ¿Vos qué hacés? ¿De qué equipo sos? ¿De qué signo sos? ¿Qué música te gusta? ¿De dónde sos? Y el castigo ocurre sobre ella en la forma (violentada alla rohypnol) de la relación normativa – un hombre al que sólo conocemos por B.J., a quien nunca le vemos el rostro y al que lo busca urgentemente la policía por alguna oscura razón. Esa transgresión le cuesta a Samantha su humanidad. Es raro cómo el sentido de desviación ha cambiado: antes era ser eso otro, ahora es no decidirse de qué lado estar. Es decir, la homosexualidad es perfectamente aceptable (eventualmente), mientras uno decida quedarse en ese campo, y no andar volviendo a desafiar los límites. Los reproches vendrán sobre todos de la madre y el doctor; la institución parental y la corporación médica, esos dos grandes disciplinadores.

La matriz ideológica de la condena a la homosexualidad se mantiene: es un acto no-reproductivo, por lo tanto, antinatural. Y esa antinaturalidad deviene horror, deformación, sufrimiento, desprecio, locura y muerte. Y es justamente esa anti-naturalidad, en el caso de los mutantes y en la de los zombies, la que se vuelve siniestra cuando se presenta como una amenaza más poderosa que la supuesta vida normal, natural, dada. Porque entonces ¿cómo definir entonces qué está dentro de la Naturaleza y qué no cuando la vida se muestra infinitamente reproducible incluso en sus más extrañas formas? Cuando se muestra una posibilidad que cambia radicalmente las reglas del juego, el mundo se destruye por estar basado sobre esas reglas.

Una última cachetada: la anti-naturalidad del acto no comienza como acto homosexual, sino como uno necrófilo. La desviación puede venir también del lado heterosexual a tal punto que supere esa normativa sin caer en el otro campo opuesto y complementario (la homosexualidad). Queda de un lado otro, ahí donde se pierde algo de la razón que, después de todo, no dejaba de ordenar las conductas en su totalidad – o al menos lo pretendía -. El sueño de la razón produce monstruos es una frase sumamente ambivalente. De ahí su encanto. En este caso, pienso que después de ver Contracted, significa que la Diosa Razón – aquella invención revolucionaria que reemplazaba las estatuas religiosas católicas en las iglesias de la Revolución Francesa -, cada tanto necesita dormir, y entonces el Mundo escapa a su control, a su cálculo, a su plan (que se supone además, era el de la perfección y dominio de la Madre Naturaleza).

 El horror de esta película de horror está en el descubrimiento que hace Samantha de sí misma como cuerpo: no me reconozco, no soy lo que soy, no quiero serlo. Estoy muerta pero sigo viva, y voy muriendo mientras mantengo la consciencia que me entrega al horror de la verdad. Mi razón es lo último que morirá, y mientras tanto, estoy forzada a ver esta imagen monstruosa de mí destruirlo todo, esperando y resistiendo el momento en que finalmenteme me destruya a mí.

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