Los Breccia

¿Cómo hablar de Los Breccia, así en plural? Ya hablar de cada uno de ellos – Alberto, el Viejo; Enrique, Patricia, Cristina es ilustradora, y su inscursión en la historieta es muy breve – presupone un tratamiento complejo de obras extensas, cada una de las cuales encierran un mundo y crean esa dimensión brecciana tan particular, a menudo desconocida.

Alberto Breccia y Carlos Trillo, La gallina degollada (1975). Breccia Negro, Ediciones Récord, Buenos Aires, 1978.

Alberto Breccia y Carlos Trillo, La gallina degollada (1975). Breccia Negro, Ediciones Récord, Buenos Aires, 1978.

No se trata de indagar en el misterio familiar siguiendo el paradigma del genio inexplicable. Por empezar, porque esa figura no me convence y evita hablar de otras cosas, como el contexto, los materiales de trabajo, los circuitos desde y en los que se produce, etc. Y también porque siempre habrá algo de inexplicable en la tarea creativa y artística, y está bien que eso sea en algún punto elusivo. Marcelo Shapces lo había retomado desde la parodia en su corto Breccia x cuatro (1988), donde el pobre semiólogo Humberto – por Eco, claro -, obsesionado con su objeto de estudio familiar, terminaba inmerso en un ambiente de secretos, silencios, misterios y finalmente, el aquelarre familiar. Algo escapaba a la lógica racional y categorizadora de la semiología, ficcionalizando ese desencuentro constitutivo de una relación siempre complicada: los artisticas y los críticos, investigadores, o cualquier otro que es percibido como el afuera.

Enrique Breccia, El matadero (Fierro Nro. 1, 1984)

Enrique Breccia, El matadero (Fierro Nro. 1, 1984)

Lo que tratamos de hacer, en compañía y con la guía de Patricia Breccia, fue indagar un poco estos asuntos mirando imágenes, metiéndonos en la oscuridad cavernosa del aula donde, como desde hace siglos, descifrábamos los que esas imágenes proyectadas sobre la pared podían o no, querían o no, decirnos. Hay mucho de brutal en esos paneles, en esas viñetas, en esas puestas en páginas donde las cosas están constreñidas hasta la asfixia, prisioneros de un mecanismo implacable e inmoral; hasta el desborde de la mancha, ríos de tinta como si volviéramos al matadero fundacional al que el Viejo siempre se remitía, donde había conocido el mundo brutal del trabajo limpiando de bosta tripas de vaca; las páginas con horror al vacío, llenas de signos, señales, desvíos, flujos de conciencia dibujados. La tinta derramada no será traicionada, porque los Breccia son celosos de su labor, y no dudan en herir para mostrar la verdad, usando el pincel como facón. Pero qué es la verdad en una historieta, en una con tanto negro…¿hay verdad ahí? Si la hay, a buscarla. La lectura perezosa se rinde antes de empezar, es difícil meterse ese río revuelto, en esas viñetas que sangran tinta. Pero de ahí a negarlas, es otra cuestión.

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Patricia Breccia, Sin Novedad en el frente (1986)

Patricia Breccia, Sin Novedad en el frente (Fierro, 1986)

Para muestra basta un botón. Nos gusta, nos perturban también, y a eso lo agradecemos: que nos sacudan, cada tanto, para mostrarnos que todavía existe el movimiento.

 

Estas son algunas de las reflexiones que se generaron en el encuentro del Círculo de Estudios en la UNSAM: La historieta en los (des)bordes. Este míercoles, estaremos hablando deJosé Muñoz/Carlos Sampayo, y Carlos Nine. Considérense invitados.

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