Lo irreal es lo real – Blue Velvet (David Lynch, 1986)

El lema de La Sombra (The Shadow) era: “¿Quién sabe qué mal se oculta en el corazón de los hombres?… ¡La Sombra sabe!” Cuando vi la escena introductoria de The Straight Story (Una historia sencilla, que en realidad sería mejora traducida como la posta, y teniendo en cuenta el juego de palabras del apellido de los protagonistas, los hermanos Straight), me di cuenta que en esa América profunda – lo que sea que eso quiera decir, en este caso, quiere decir esto – lo único que David Lynch tenía que hacer era prender la cámara. Que no es poco. ¡Lynch sabe!

Todo en Lynch se parece un poco a un apocalipsis y a una epifanía, que desde su sencillez o su mero absurdo nos conmueven porque adquieren una dimensión absoluta. No se trata de entender lo que pasa, sino de conmoverse. Cuando un sujeto que mira una película de Lynch está más preocupado por entender una trama según el dictado de Aristóteles, ese sujeto está jodido. Y aún peor, ese sujeto no entendió nada, porque pasa por arriba del dadaísmo, del surrealismo, de las revoluciones, de las guerras mundiales. Si ese sujeto dice “esto no me gusta”, bien, es su derecho. Si dice “no entendí nada”, es el principio de una experiencia o sólamente el epitafio de alguien que hizo cosas como hacemos todos, pagó sus impuestos, y un día se murió. David Lynch filma el mundo después del fin del mundo, que es todos los días. Filma el no-sentido de la vida, de todo lo existente. Y no digo el sin-sentido, porque eso es suponer que debería o no haber un sentido. El sentido al universo se lo dan las cosas que existen en él, y que, por lo tanto, son el Universo. Si uno dice “la vida o el cine”, está eligiendo dos términos que dan sentidos a ese no-sentido. Qué duda cabe, yo me quedo con el cine.

No es mero capricho, ni provocación, es filosofía. Y la filosofía es potencia en acto, y no potencia pura, idealizada, descarnada. Que es también una posibilidad, pero una triste. Yo quiero hablar de Lynch: me remite a ese acto donde esa potencia se concreta de manera singular, y tal vez fugaz, y después se pasa a otra cosa – la vida, pongamos -. Soy como el/los personaje/s de Naomi Watts en Mullholland Drive, cuando comienza a temblar en El Teatro del Silencio, sin saber ella misma por qué, ni uno tampoco. La cuestión es temblar.

Hay una escena que no pienso mostrar, veanla. Es así: en esa misma película, de la nada, aparece una escena que no tiene conexión directa con el resto de la historia, y que empieza y termina en sí misma. Hay dos tipos en una cafetería, en esos cafés como los que filma Tarantino para sus conversaciones de mafiosos, muy barato, muy L.A. Un tipo le confiesa al otro que tuvo una pesadilla donde estaban en ese mismo café, salían de ahí, y a la vuelta – donde hay un estacionamiento de esos que sólo pueden existir en las ciudades donde todo es cemento, concreto, gris – se le aparece el tipo más horrible que vio en su vida, y se muere del susto. Los dos tipos salen, pasan por el estacionamiento, y al dar la vuelta, se aparece una especie de homeless verdaderamente horrible, extremadamente siniestro. Y el tipo que había tenido la pesadilla la concreta muriéndose. Pero nosotros, los que miramos, seguimos vivos.

The Shadow knows!

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Un pensamiento en “Lo irreal es lo real – Blue Velvet (David Lynch, 1986)

  1. renzopodesta dice:

    clap clap clap

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