Un mundo de mierda (pero todavía vivo)

Mickey

 

“La máscara de gas de Mickey Mouse fue creada en enero de 1942 por T.W. Smith, Jr., el dueño de la Rubber Company Sun, y su diseñador, Dietrich Rempel, con la aprobación de Walt Disney. Este diseño de la máscara de gas de Mickey Mouse para niños se presentó al general de división William N. Porter, Jefe del Servicio de Guerra Química. La máscara fue diseñada para que los niños la llevaran y la usaran como parte de un juego. Después de la aprobación de los S.G.Q., Sun Rubber Products Company produjo aproximadamente 1.000 máscaras. Nunca fueron utilizadas y después de la guerra se distribuyeron a los oficiales mayores como recuerdos”.
Mayor Robert Walk, Ejército de los Estados Unidos.
“El castigo y la gratificación sostienen este mundo. Detrás del azucarado Disney, el látigo”.
Ariel Dorfman y Armand Mattelart, Para leer al Pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo (1971).

El Club de Mickey Mouse comenzó en el año 1930, en California. Para 1932, dos años después, ya contaba con un millón de miembros. De los años de la Gran Depresión y el New Deal de F. D. Roosevelt, saltamos diez años con el mismo F.D.R. como presidente, y con los Estados Unidos post-Pearl Harbour, para encontrarnos con las máscaras de gas. De alguna manera, la 1ra. Guerra Mundial había postulado el modelo concreto y real de una sociedad post-apocalíptica – las series de fotografías de ese mundo enmascarado me fascinan y me perturban -, donde la técnica hacía a la adaptación de una verdad terrible: cómo seguir habitando un mundo después de que éste se ha terminado.

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La lógica capitalista resuelve el dilema presentando un modelo sumamente efectivo: la producción que resguarda y mantiene un grado de productividad suficiente para garantizar la reproducción de la vida, del sistema. Esos niños en el cine bien podrían seguir entreteniéndose con sus máscaras puestas – ¡todo es un juego! ¡La muerte también! -; o la increíble moda fallout – término que hace referencia a la caída del residuo radioactivo después de las detonaciones nucleares -. Es decir: la sociedad capitalista permite imaginar el fin del mundo pero no el fin del capitalismo, según el teorema de Slavoj Žižek. Y esto implica la continuación de la vida capitalista como única instancia de supervivencia, de existencia, de sistema autosustentable más allá de aquello que le dio su impulso vital: los recursos naturales. Los cuerpos, aunque maltrechos, mutados, se fusionan a la técnica de manera que su automatismo se convierte en la garantía del existir. Es la versión más perversa del conatus de Spinoza, esa fuerza primordial que hace a todo lo vivo aferrarse a la existencia. Tal vez ahí está la clave, en la colonización del impulso vital más básico mediante los refinados mecanismos del Mercado y su recurso cultural más exitoso: el entretenimiento. Como en aquella escena final de Full Metal Jacket, donde los soldados norteamericanos caminan zombificados después de la masacre, cantando la canción del Club de Mickey Mouse entre las ruinas vietnamitas.

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Ahora bien, como todo lo humano, el entretenimiento es ambivalente. Puede ser el dispositivo de control que señalan Dorfman y Mattelart – y que antes señaló Theodore W. Adorno -, o aquello que veía Walter Benjamin: la posibilidad de liberación mediante una nueva comunión colectiva (sin dejar de percibir su desvío fascista). En síntesis: el entretenimiento nos cuenta un mundo, y por lo tanto la posibilidad de infinitas formas de vida. El Capital intenta contener esa multiplicidad encauzándola por el mismo dique, de manera que todo desemboque en un único pozo. No hay otra posibilidad que la del mundo real. Y el Mundo es el Capitalismo, la extorsión de lo real, las miserias del poder y su representación política.

Mickey_Mouse_Club_Mouseketeers_1957

Disney es el éter de esa ecuación con la que Antonio Negri y Michael Hardt resumían el eje trifásico del imperialismo norteamericano: el dólar, la bomba y el éter; New York, Washington D.C., Hollywood. Una corporación con graves problemas económicos y gerenciales en los ’90 ha pasado a reforzarse, como la hidra que no para de crecer cada vez que le cercenan un miembro. Pixar, Marvel Comics y Star Wars son las últimas adquisiciones. Y no es poco: se compran la técnica y la mitología. Cierto, esa revitalización es la del vampiro que más tarde o más temprano necesita consumir hasta desecar para llenar el vacío. ¿Pero qué nos dice eso de este mundo, de este momento del mundo?

Peter Greenaway definía a Hollywood como los últimos coletazos de un dinosaurio que está muerto y pudriéndose. Probablemente tuviera razón, pero de ahí a que la muerte sea inmediata, es otra cosa. Sospecho que se desea el fin del mundo para poder, finalmente, delegarlo todo a la pantalla, al reflejo espectacular donde ver pasar la vida sin vivirla. Desear el fin del Mundo no está mal – no se perdería gran cosa, creo yo -. En todo caso, tendríamos la oportunidad de poder contarlo otra vez, mil veces, de manera mejor, al menos distinta. Bueyes pintados en las cavernas contra ratones de plástico. Esa es la cuestión… ¿esa es la cuestión?

 

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2 pensamientos en “Un mundo de mierda (pero todavía vivo)

  1. Dan dice:

    Señor o Señora, agradable leer una pluma como la de usted. Muy buen aporte, felicidades!

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