El silencio de los corderos – Shoah (Claude Lanzmann, 1985)

Simon Sbrenik es reunido con sus antiguos vecinos de Chelmno (se pronuncia Jelmno, como arrastrando la j). Sbrenik es judío, y a los 13 años fue hecho prisionero en el campo de exterminio del lugar, donde por primera vez se usaron los camiones transportadores/cámaras de gas rodantes. Sobrevivió como “judío de trabajo”, ayudando a destruir las evidencias de la masacre – especialmente los cuerpos y los restos óseos -. Pero por sobre todo, porque spinnefix (la araña rápida, como lo bautizaron los SS) le habían tomado cariño debido a su maravillosa voz, aún conservada al momento de la filmación. Cuando desfilan los soldados/las muchachas abren sus puertas y ventanas, comenzaba la canción que los alemanes le habían enseñado y que le hacían cantar mientras navegaban por el río ida y vuelta del pueblo al campo.

Claude Lanzmann, el director, astutamente lo reúne con sus antiguos vecinos, que son polacos católicos, frente a la iglesia del pueblo. Esa iglesia había sido un lugar donde los judíos eran puestos en los transportes al campo y donde se los separaba de sus pertenencias. Literalmente miles de valijas estaban acumuladas en un desván. Sbrenik se ve rodeado de los antiguos vecinos que recuerdan su voz, su delgadez, sus cadenas en los pies con las que pasaba diariamente por el pueblo, rodeado de guardias. Él sonríe, mira a algún punto de fuga, las voces de los vecinos se superponen, ansiosos todos por relatar cómo funcionaba el pueblo durante la ocupación. Lanzmann, que como buen francés mezcla la ironía con la más directa brutalidad, los va llevando a algún punto donde la alegría superficial va cambiando de tono. Los polacos mencionan el oro que había en las valijas abandonadas. ¿Había oro? les pregunta Lanzmann – el tópico de los judíos como gente adinerada ya venía apareciendo en otras voces -. Sí, mucho oro, responden esos campesinos sacados de un cuadro del Bosco. La cara de Sbrenik comienza a mirar a la cámara y a Lanzmann. Una mirada que recuerda el sufrimiento de un discurso que aún sigue vigente, con el que creció y con el que morirá. Un judío entre polacos que lo desprecian.

Cuando el tono va cambiando, entonces se produce una pequeña maravilla: la ceremonia se traslada del templo a la calle y todo se silencia. Lanzmann lo advierte, y aprovecha para reproducir ese momento donde la cruz cae con todo su peso sobre esos corazones, hincados ante el sacerdote que reemplaza su rostro con una custodia dorada, acaso más dorada que el oro de los judíos que había quedado en las valijas sin dueños, en el desván de esa misma iglesia. Es el rito cristiano practicado por campesinos cuyas convicciones bien podrían ser de los tiempos de la Reforma.

Cuando concluye el silencio, la multitud se ha hecho más numerosa en torno a Sbrenik, que se retrae silencioso, menos sonriente, aun mirando cada tanto a la cámara y a Lanzmann. Apela a otra mirada, no a la de sus vecinos que dejaron morir a su familia y a sus amigos. Ya conoce el veneno en esos corazones.

Uno de los aparecidos es el que lidera el coro y toca el órgano. Parece salido de una película de los ´40s – todo en esa Polonia de mediados de los ´80s es retro, más que retro, está verdaderamente congelado en el tiempo, muchos de los campesinos visten y se ven igual que en la rusa de los zares -. Es él el que lleva el verbo ponzoñoso, y con toda su teatralidad  – le habla a Lanzmann, pero no ignora que hay una cámara – finalmente lo escupe: los judíos mataron a Cristo, y su sangre cayó sobre sus cabezas. Estaban condenados por la Historia, y se ha cumplido, finalmente, en Chelmno. Y en Treblinka, Sobibor, Auschwitz-Birkenau. Polonia es el territorio donde la justicia divina se ha hecho presente. ¿Murieron los judíos? Por algo será… Una vieja, pocos minutos atrás vecina alegre de Sbrenik, repite el anatema bíblico mirando sin parpadear a Lanzmann, como lanzándole una maldición. Fin de la escena.

En su holocausto de gatos y ratones, Art Spiegelman elegía darle a los polacos la máscara de cerdos. Las máscaras son intercambiables, pero nos definen al momento de portarlas. Las máscaras son moldes, que pueden ser reutilizados: hoy acá, otro día más allá…Volvemos a los bosques de Chelmno, y Sbrenik recuerda el silencio devastador que seguía a los gritos y los llantos, cuando el gas ya había hecho su trabajo. La Naturaleza no se inmutaba, la matanza era parte de su ciclo. Pero para los animales con memoria la cosa no es tan sencilla. Para eso hemos creado la Historia, nos recuerda Lanzmann. Y la Historia, con sus máscaras, no nos exime de responder sobre cómo las portamos, sobre qué papel cumplimos, sobre qué callamos, sobre qué seguimos callando.

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3 pensamientos en “El silencio de los corderos – Shoah (Claude Lanzmann, 1985)

  1. Matías dice:

    Excelente post, amigo. Capturás una escena trabajada a partir de sedimentos en históricos, en la que el nazismo y sus consecuencias parecen ser la punta de un iceberg. Siga con eso. Abrazo.

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  2. […] y termina en los campos de concentración, sino en la cotidianidad y su resentimiento de clase (aquella que hizo que los polacos cristianos se desentendieran, cuando no colaboraran directamente, d…). El crimen pequeño al interior del crimen más grande es, a fin de cuentas, el mismo espejo donde […]

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