Breve ensayo sobre la inexistencia del fútbol

¡El Che vive!, Jorge Alderete (2013). Pequeño Editor.

¡El Che vive!, Jorge Alderete (2013). Pequeño Editor.

En un breve relato de Bustos Domecq (“Esse est percipi”), el personaje se dejaba caer en las oficinas de la calle Pasteur donde atendía un amigo – en esos términos de amistad tan extrañas que tejen Borges y Bioy -, que parecía lo que hoy llamaríamos un dueño multimediático. Bustos Domecq estaba perplejo: había estado en Núñez y el Estadio de River no aparecía por ningún lado. La respuesta es terminante: “no existe”. Ante la redoblada perplejidad de Bustos-Domecq ante tal afirmación, recita como letanía la formación de los jugadores de su equipo favorito. “Ninguno existe”, es la respuesta. El desagradable dueño multimedial le explica con desgano que el último partido había sido en 1937 – unos 32 años antes de la publicación del relato -; a partir de entonces todo había sido y era una farsa: equipos, jugadores, resultados. Era más fácil así, menos variables a manejar, más control del juego y de su efecto. Como demostración, en un momento entra servilmente el relator estrella. Bustos Domecq, que no deja de sorprenderse, ve cómo el dueño maltrata al relator y le ordena el resultado del próximo partido. La heroicidad del juego y sus intérpretes se desmorona frente a los ojos aniñados del involuntario cronista. Todo sentir había sido imaginado, pero el sentir de lo real se había acabado y sólo quedaba su eco en el éter.

Claro, este relato no conserva del todo bien su efecto en tiempos televisivos, la cosa tiene más sentido cuando la radio o la presencia eran las únicas formas de saber qué pasaba en el juego. Pero no está mal la pregunta: ¿sigue existiendo el fútbol en la era de la imagen? El efecto de transparencia que conserva la imagen hace difícil que uno pueda creerlo, pero si hay gente que asegura que el alunizaje fue todo una reenactment de algo que nunca existió, entonces bien podría haber una pequeña, secreta y siniestra liga pagando a extras a hacer de jugadores una vez o dos a la semana. Pero eso ya no basta, ahora deben ser jugadores tiempo completo: se entrenan, aparecen en programas de televisión y radio, salen en las revistas, se casan y tienen hijos como jugadores. Pero va más allá: hay que vender emoción, no ya juego, sino pasión como efecto natural del juego. Entonces aparecen los hinchas, y sobran los primeros planos antes que las jugadas, incluso la del referí y los linesman. Los DT son incluso más buscados que los jugadores. Personajes grises, de dudoso devenir futbolístico, siempre atados a los caprichos personales, propios o ajenos. Los dueños de los clubes, los barrabravas, las conexiones políticas, las intrigas, los oscuros negocios financieros, los sponsors, los publicistas y las publicidades, todo, todo, todo, como un virus que se expande y expande y siempre termina incluyendo algo nuevo y girando más hacia lo siniestro. Es por esto, creo yo, que el fútbol es hoy tan malo. Todos se han olvidado de jugar, que es lo que menos se hace, porque simplemente ya no hace falta.

Es lo que pasa afuera de la cancha lo que nutre al fútbol y a los increíbles suplementos periodísticos que se han convertido en diarios en sí mismos, repletos de banalidades, como todos los diarios. Es más ilusionante y fascinante el fútbol así desplegado en sus productos derivados que en el campo de juego. Otro podría esgrimir que justamente por eso el fútbol es real, porque de no serlo sería más divertido, no haría falta andar aburriendo tanto, lo cual siempre es un riesgo. Una posible respuesta a esa objeción sería decir que justamente el fútbol es un dispositivo hecho para anclar a la gente que se quiere ir de él, como suele hacer un público que se aburre demasiado. Pero todo eso que gravita en torno al núcleo duro y yermo lo arrastra a uno inevitablemente, y termina comentando alguna que otra estadística en la peluquería, en el taxi, en la oficina. Pero hay una tercera posibilidad. Es posible que un comando revolucionario haya tomado el control de la transmisión y esté subvirtiendo nuestro orden mental y social mediante un ingenioso y curioso mecanismo: el mostrar las cosas tal cual son, de manera que lo real y lo ilusorio no tengan sentido en su diferencia. El juego consiste en determinar el momento en que el espejo brillante que miramos en realidad nos está devolviendo una imagen, revelándose como tal, antes de absorberlo todo. Nosotros somos el reverso que habita la tristeza de lo real. Pero estas son todas especulaciones de un ilusionista de vodevil. Y diría nada por aquí, nada por allá, pero sería una insolencia tanto nihilismo. Yo sigo viendo fútbol, con la vaga certeza que algún día daré con la pista que me haga seguir el secreto de una gambeta, de una finta, de un gol que saliéndose del guión, obligue a reescribirlo todo.

Etiquetado , , , ,

Deja tu estocada

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: