La chica y la pantera

Salvador Sanz, Angela Della Morte (FIERRO Nro. 86, diciembre de 2013). Editorial Las Doce.

Salvador Sanz, Angela Della Morte (FIERRO Nro. 86, diciembre de 2013). Editorial Las Doce.

Hace tiempo que vengo pensando en la obra de Salvador Sanz, impresionado por una técnica increíble, detallista, limpia, fría y terrible. La paleta de grises – a veces todo aparece visto desde una cámara de seguridad – de Sanz otorga una ambivalencia moral a todo su relato dentro de la saga de Angela Della Morte. No está claro quiénes son los buenos y los malos, y poco importa. La misma Angela es un ser que lleva consigo el mal y que lo combate no en un plano metafísico, sino político. Es decir, todos portamos esa capacidad destructiva pero el reconocimiento de ese hecho no nos exime de posicionarnos políticamente. En todo caso la pregunta es ¿a quién elegimos servir y por qué?

Planteado así, pareciera ser que no hay escape de una lógica perversa – la de la inevitable servidumbre -. Pero lo cierto es que los cuerpos escapan constantemente de sí mismos para caer…en otros cuerpos. La materia es la constante en todo ese devenir, la biopolítica – definida como el manejo de los cuerpos en la sociedad de masas – es un campo de combate y no de mero disciplinamiento social.

Pero lo que queda descentrado, distorsionado en los universos de Sanz es justamente el conjunto social. En Desfigurado  – escalofriante predecesora de Matrix -, en Legión – acá el trabajo en color es la excepción y es clave en el relato de la historia – o en Nocturno, lo que se pone en cuestión es cuánto de real tiene la realidad. Si lo que sostiene la cordura socialmente instalada y culturalmente determinada es desafiado, ¿entonces qué queda? He ahí la constante de la obra de Sanz: lo real como límite a una percepción que amenaza con superarla.

Vuelvo a esa página de inicio con la chica y la pantera. Es uno de esos momentos que se sostiene por sí solos, una anomalía encadenada a un marco narrativo que la engloba pero que no la reduce a la concatenación. Pensé en el efecto de los cuadros de Henri Rousseau, como La gitana dormida o La encantadora de serpientes – o el análisis que retoma Juan Forn sobre los monos -, donde el misterio surrealista surge de la incompatibilidad inicial de los cuerpos y el escenario. Es el secreto de la Naturaleza: lo que tiene de bello y lo que tiene de amenazador son inescindibles. El cambio de escenario en Angela Della Morte pasa de los paraísos artificiales – ¿acaso no lo son todos? – al frío del espacio, a la utopía tecnocrática, al trabajo. El escape pareciera ser siempre al vacío desconocido: el mar o la galaxia. El ángel de la muerte cambia de cuerpos, como sus aliados, pero algo del deseo persiste contra el rol previamente asignado. En esa resistencia queda el cuerpo dividido contra sí mismo, y en el paraíso breve el testimonio de los cuadros que muestran un más allá donde Angela, hermosa, apenas llega a mojarse los pies.

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