La imagen tan temida

Robert Cornelius, autorretrato (daguerrotipo, ca. octubre de 1839)

Robert Cornelius, autorretrato (daguerrotipo, ca. octubre de 1839)

Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irresistiblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso. (Walter Benjamin, Tesis sobre la Filosofía de la Historia Nro. 9, 1940)

En 1839, Louis Daguerre presentó oficialmente lo que se llamaría daguerrotipo: sobre una superficie de plata y mercurio, una reacción química volvía a la placa fotosensible fijando una imagen. El invento se difundió rápidamente por el mundo – para la década de 1840 ya había llegado a la Confederación Argentina, cuyo jefe Juan Manuel de Rosas se negó a que su imagen fuera tomada, desconfiado y astuto como era, sabiendo que los retratos al óleo lo favorecerían en el devenir de la Historia. No se equivocaba -. Lo interesante del auto-retrato de Robert Cornelius es la sospechosa proximidad con el invento de Daguerre. Sin embargo, no hay duda que el tiempo es inmediatamente contemporáneo al invento. Lo que me interesa es la posibilidad descubierta y sospechada al mismo tiempo en la mirada de su autor que es también su modelo. Por un lado, el auto-retrato ya contaba con una larga tradición que había comenzado con la idea misma del retrato: la construcción de una imagen que resista al tiempo más allá de su modelo original. Desde Albrecht Dürer a Velázquez, de Goya a Kirchner, los autores se auto-retrataban en ese juego de espejos que es y no es real. Heredamos miradas a las que sumamos la nuestra, aunque en verdad no tengamos ni la sospecha de un rostro.

La desconfianza en la mirada de Cornelius es múltiple: desconfianza en la técnica aún a comprobar; el temor a qué reflejo devolverá la máquina. Hoy, la auto-foto es casi un género en sí mismo, paso obligatorio de fotologs, Facebook, perfiles varios, etc. De aquella desconfianza inicial a la completa entrega de la imagen propia que está hecha para presentarnos y des-apropiarnos una vez que esa imagen entra en el flujo intenso y constante de las redes informacionales. Es, después de todo, la lógica de la mercancía, su flujo constante e imparable más allá del mundo que la ha producido y de nuevo hacia él. Recuerdo la amenaza que Paul Atreides hacía a los mercaderes en Duna, cuando tomaba el poder: la especia no fluirá (“the spice will not flow”). Era el anhelado deseo de terminar con el capitalismo con un solo día de huelga global. Ya es demasiado tarde para eso. La desmaterialización de las especias sublima su lado sucio y sangriento, la producción escondida por la re-producción.

 Pensaba también en el mito de Narciso, distorsionado por el psicoanálisis que ha contribuido a malinterpretarlo. Me explico: Narciso no se en enamora de sí mismo, sino de la imagen que ve reflejada y que piensa que es otro (¿cómo podría saber que era él si nunca se había visto?). Lo que pierde a Narciso es el sumergirse en ese otro desconocido, sin calcular las consecuencias que son, por otra parte, imprevisibles. Las pasiones son un juego peligroso. Vuelvo a la mirada de ese joven romántico y decimonónico, quien tomaba su foto en los tiempos en que Esteban Echeverría escribía El Matadero. Una divergencia interesante: el norte americano comenzaba con su proceso de fe ciega en la técnica; el sur americano su desconfianza en la técnica, y su manifiesto del desprecio al otro, formas distintas de entender la fórmula civilización/barbarie. Algo de esa mirada se pierde en un punto fuera del cuadro. La mirada, la nuestra, está formada tanto por ese desencuentro como por la búsqueda de aquello que quedó fuera del plano, y que aún hoy seguimos buscando, sabiendo que apenas podremos rescatar algún fragmento. No tendremos mucho más en esta vida, toda civilización contiene la semilla de la barbarie, toda civilización no es más que un fragmento entre otros fragmentos. La mirada de Cornelius es, también, la del Ángel de la Historia: mira hacia un atrás que nos está vedado. Nosotros sólo podemos ser empujados por el aliento de fuego de la creación, hasta que sea nuestro turno de volver la mirada y ser consumidos por aquello mismo que insufló vida a la barbarie que supimos construir. The spice will not flow.

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