La memoria es un espejo de fantasmas

Julia Margaret Cameron, Kate Keown y su padre Thomas Keown (mayo de 1864)

Julia Margaret Cameron, Kate Keown y su padre Thomas Keown (mayo de 1864)

Mirando ese pathos melancólico y decadentista de la Inglaterra victoriana, puesto en escena por querubines y serafines y deidades menores, me detengo en un oficial y su hija. Son doblemente fantasmagóricos: primero, porque la fotografía nos convierte en imágenes de nosotros mismos, cuerpos desmaterializados de los que tomamos distancia y los que a su vez tomando distancia se otorgan una vida propia, se liberan y nos miran desde un espejo que es como una estrella: su luz nos llega mientras se aleja por el vacío. La otra razón es que la memoria remite a sus documentos materiales para recordarnos cómo eran esos rostros, cómo éramos. Gerhard Richter reconstruía estampas de su niñez alemana en la Segunda Guerra modificando las fotos de su tío S.S., de los bombarderos norteamericanos, de una silla, y lo extendía hacía el resto de las cosas y las épocas y los cuerpos. Las fotografías aparecían ahora con un efecto de esfumado, que si bien nos dejaba entender qué veíamos, no podíamos ya del todo distinguir con claridad sus personajes. La paradoja de Richter es que una foto verdadera de la memoria implica siempre un borramiento, una figura o un escenario indefinido. La imagen por sí sola no existe, como el acertijo zen que preguntaba sobre la posibilidad del sonido de un árbol cayendo sin nadie que lo escuchara. Lo que vemos, existe bajo el precio de su pérdida, su deformación, su olvido. La memoria no es necesariamente un asunto feliz. Nadie dijo que tenga que serlo, pero recordamos – o creemos hacerlo -. La fotografía se titula “Ernest and Maggie” y se nos aclara: models are unkown (los modelos son desconocidos). Pero otra información en el nombre del archivo nos aclara que se trata de Kate Keown y su padre, Thomas. Los modelos siguen siendo desconocidos. Es una buena definición de la fotografía: la posibilidad infinita de mirar lo que estará siempre escapándose de nosotros. Es el destino de los imperios: desvanecerse en el aire en su intento absurdo de abarcarlo todo.

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