Reflexiones pop (sobre las ruinas)

Man of Steel

Este post surge de una pregunta: ¿por qué ver hoy películas de superhéroes? La diversión que proveen es dudosa: repetitiva, chauvinista, aburrida, predecible y aturdidora. Creo que una posible respuesta merece una perspectiva no exenta de paciencia, y que tiene que ver con un ejercicio antropológico en tiempo real, así como filosófico-político. Se trata de verificar un estado de la cuestión del pensamiento imperial norteamericano en un momento de transformación que implica de manera evidente la consolidación de un sistema de control global y efectivo, al que las conspiranoias le quedan chicas[1].

1)      Parece imposible no pensar la cultura pop sin ruinas. O mejor dicho, sólo puede ser pensada desde las ruinas, literalmente: The Avengers con su destrucción de New York, The Man of Steel con su destrucción de Metrópolis y las consecuentes escenas catarsis apocalíptica calcadas del 11-S[2]. Señalo estas dos últimas por su impacto y por su violencia, pero me arriesgo a decir que no hay una película superheroica que no incluya escenas de destrucción urbana, es decir la civilización amenazada por las fuerzas incontrolables pero al mismo tiempo moralmente determinables – sigue habiendo buenos y malos, aunque los límites tiendan a borrarse -.

2)      La percepción de las ruinas implica cierta consciencia de distanciamiento con aquello que no era percibido en otro momento así, cuya dimensión histórica y real no había alcanzado el status de pasado. El saqueo de las ruinas romanas por parte de aquellos que querían el bronce y el mármol para sus casas evidenciaba que no se percibía eso como legado histórico. Para el siglo XV, cuando Andrea Mantegna pinta sus escenas sobre esas ruinas –ahora – clásicas, ya hay una señal del quiebre entre eso que se quiere recuperar y aquello que se ha perdido. Lo que se ha perdido, creo yo en este caso, es cierto sentido vital del absurdo tecnicolor del comic norteamericano. Los superhéroes son una variante del absurdo que llegó a su punto de decadencia en la década de 1990. La recuperación – y su proyección al cine – tuvo un precio: el realismo, gente con poderes increíbles y ropas extravagantes proyectados sobre un plano de efectos y consecuencias mensurables y morales. En algunos casos fue un acierto – los New X-Men de Morrison/Quitely -, en la mayoría puro abuso de circunstancia.

3)      El modelo se debate entre Marvel – siempre más abiertamente chauvinista y patriotera, canchera pero reaccionaria – y el de DC, con Cristopher Nolan (junto a David Goyer) como el pacto mefistofélico: dame tus personajes, y yo los haré exitosos en la pantalla con gente de verdad, pero sólo si se legitima el estado de cosas actual – la Guerra contra el Terror, esa abstracción temible -. Iron Man es el mascarón de proa del yanqui canchero y patriota; The Dark Knight es el antihéroe oscuro que viola leyes internacionales y nacionales, que sabotea el espacio público y pisotea derechos civiles por un bien mayor. El marine y el agente de la CIA, dos caras de la misma moneda – no pun intended -.

4)      La beligerancia aturdidora de las películas de DC y Marvel son a su vez un movimiento dentro de otro más amplio: el militarismo pop. Desde su variante realista – Black Hawk Down, The Hurt Locker – hasta su variante sic-fi – Independence Day, Godzilla, Avatar – vemos cómo desde mediados de la década de 1990 se conjugan dos factores claves – seguramente hay más -: la revolución de las técnicas digitales + el creciente intervencionismo global de los USA – ejemplificado en las acciones del gobierno de Bill Clinton en los Balcanes como toque de advertencia -. La reactualización de la propaganda militarista responde a su tiempo con las herramientas que ese tiempo produce y que a su vez reclama y desea ver.

5)      ¿Y dónde queda entonces la resistencia? Películas como Scott Pilgrim vs. The World, Kick Ass – acá es aplicable la tesis de Oscar Masotta sobre Dick Tracy, un producto tan violento que no termina de ajustarse del todo a la sociedad que lo produce, es desalienante por la negativa -, incluso productos bizarros como Mystery Men. La señal, parece, viene también de los comics: el All Star Superman de Morrison/Quitely verifica la inversión simbólica que han tenido los dos íconos en tensión: Superman es ahora la imaginación, la posibilidad de otras formas de vida; Batman es la represión, el castigo, la vigilancia como servicio al sistema. Si Amadeo Gandolfo puede escribir una carta abierta de amor a Superman – y al género superheroico en general – eso también nos hace cuestionar qué es lo que se está haciendo con las posibilidades de un género y un lenguaje – el historietístico y el cinematográfico -. Antes que nada, se nos está imponiendo una limitación como la única posibilidad afirmada desde la prepotencia del Capital y de la Técnica. Que mirar sea, entonces y también, ver. Ver estas películas – a lo que nadie está obligado, por mal que les pese a los publicistas – tiene que ser una reafirmación del rol activo que tenemos como sujetos, cuando rechazamos y cuando gozamos. El derrumbe de un imperio distribuye sus esquirlas por largo tiempo. Examinemos los fragmentos, a ver qué reflejo nos devuelven, y qué respuesta esperan de nosotros aquellos que comparten el hastío y la bronca de vivir en un mundo donde todos somos, en principio, sospechosos. Acepto el desafío.


[1] Las conspiranoias son, en el fondo, reaccionarias porque implican la necesidad de creer que efectivamente existe un control y que no todo está librado al caos de la Historia, que asusta más que la intervención de manos invisibles y oscuras pero que saben lo que hacen.

[2] Si se compara el In the Shadows of No Towers de Art Spiegelman frente a la torpeza digitalizada o a experimentos pretenciosos y limitados como 11´09”01 – September 11, el lenguaje historietístico ha pasado a aventajar en su capacidad de aproximación a temas que no pueden evitar ser banalizados por el modelo representacional de Hollywood.

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