Archivos Mensuales: julio 2012

Babel, Buenos Aires

Héctor L. Torino, El conventillo de Don Nicola, (¡Aquí está!, 7 de abril de 1938).
  • La página de Torino pone en evidencia el cambio experimentado en la historieta argentina en la década del ´30. Si prestamos atención a las primeras cuatro viñetas, vemos que hay un gran despliegue de estrategias para dotar de dinamismo la secuencia. La primera contiene además, un alto grado de información. Los tres amigos que esperan afuera – compinches de Don Nicola -, el cartel que dice Se aceptan redoblonas; el trampantojo con la cabeza de burro, el gato y el ratón observando la escena. A ese estatismo pictórico-simbólico se le agregan las gotas de sudor y las de tinta que caen cerca de un cesto vacío, rodeado de papeles – toda una declaración de la justicia policial -. A continuación vemos el uso de los rastros de polvo, con su construcción de hilos y nudos – el texto se mantiene en la parte superior para no desperdiciar esos recursos -. Y finalmente, esa cuarta viñeta donde encontramos tres perspectivas distintas: la del caco que arroja la ropa al canasto, el bebé que parte del punto donde la acción había terminado y el pasillo del conventillo como punto de fuga.
  • Don Nicola cristaliza de alguna manera una tradición más propia de la historieta argentina: 1) Quiebre del estatismo por una secuencia más dinámica introducida por Quinterno basado en Disney. Del texto epigráfico decimonónico a los recursos de la animación cinematográfica; 2) Persistencia del costumbrismo. El cocoliche de Don Nicola y el hablar conventillero es rescatado como documento del habla popular de principios del siglo XX; 3) La constante ambición del dinero, una visión pesimista del porteño. El inmigrante ha pasado a ser víctima cuando dos décadas antes era la amenaza que asustaba a la élite, temerosa de perder su acento argentino.
  • Y la introducción de elementos fantacientíficos, delirantes, como esa Babel arrabalera porteña.

Recomiendo pasar por el blog Dante Quinterno de Fabio Cernuda, uno de los sitios que rescata rarezas de la historieta nacional.

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Contra el mundo, contra la vida

Howard K. Brown, En las Montañas de la Locura (Astounding Stories, febrero de 1936). Clayton.
  • Lovecraft es un paradigma fascinante que marca un camino singular de la ficción propia del siglo XX cuando empieza a distanciarse de lo decimonónico. Siempre me ha intrigado lo siguiente: el mismo que escribe sobre horrores indescriptibles – porque los sentidos humanos no alcanzan, sólo pueden reconstruir su monstruosidad en torno al concepto del horror – ejercía un racismo furibundo y patético. Una de las palabras que más aparecen en sus cuentos es repugnante. Ahí la paradoja: la estética lovecraftiana reside en lo indescriptible que produce rechazo hasta la locura, lo anti-estético. Es más efectivo como testamento de un reaccionario pasando entre dos siglos sin poder soportarlo. Borges lo sentenció: un parodiador involuntario de Poe.
  • Lovecraft no soporta la modernidad, y al mismo tiempo le brinda a esa modernidad de masas – seguramente le parecerían repugnantes – una estrategia para la construcción de un género, donde la memoria colectiva deposita su potencia y al mismo tiempo es marcada por esa memoria común. En todo caso, se trataba de eso que Jeffrey Herf llamó modernismo reaccionario para hablar de una lógica paradojal en el nazismo. Era la esquizofrenia ideológica: llevar a cabo una industrialización acelerada – o justamente por eso – al mismo tiempo resguardando un núcleo de primitivismo purificador e idealizado, la vuelta a una Naturaleza que se aleja cada vez más. Que Las Montañas…se haya publicado un año después de las Leyes Raciales de Nüremberg es una coincidencia perturbadora. En Lovecraft asoman las fantasías de exterminio cultivadas por el siglo XIX con los medios del XX.
  • El desafío de transportar gráficamente esas atmósferas indefinidas fue siendo tomado como desafío por artistas. Brown lo plasma en el dibujo: el explorador norteamericano frente a la ciudadela que no debería estar ahí, dos mundos distanciados en el abismo gris y negro que parte el plano a la mitad.

Fuente: Golden Age Comic Books, un verdadero archivo antropológico de la cultura pop.

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La muerte, esa irrealidad

Gerhard Richter, Ocho estudiantes de enfermería (1966). Óleo sobre tela, 8 paneles de 95 cm. x 70 cm c/u.
  • El artista alemán Gerhard Richter interviene sobre fotografías, borroneando las figuras que antes eran nítidas merced al registro fotográfico. En este caso, elige una compilación de los rostros de ocho estudiantes de enfermería quienes fueron asesinadas en sus cuartos por un desquiciado. No hay ninguna instancia de muerte, ya sea ex post facto o en el momento mismo e inmediato del acontecimiento. Aquí la muerte todavía no se ha hecho presente, sin embargo los rostros comienzan a desvanecerse, a perder lentamente sus rasgos antes nítidos, concretos, reales. Y es que al comprender qué les ha sucedido a esos rostros la obra cobra su sentido: estamos frente a la irrealidad de la muerte.
  • Richter no pretende acercarnos a esa irrealidad, sino que justamente señala el punto de alejamiento que sólo puede ser franqueado, a su vez, en la lejanía próxima del morir. Esos rostros ya no pertenecen a la realidad sino que han vuelto a la Nada, la que no nos puede revelar su ser porque, justamente, no es; es la parte faltante del ser que sólo será completado cuando el soporte animal cese en su existir. La sensación final es de vacío, de desazón. ¿Qué sentido tiene, después de todo, el morir al azar, ya sea en un accidente o a manos de alguien más? No es el hecho en sí mismo en lo que se debe buscar sentido, sino en el desgarramiento que se experimenta frente al hecho inevitable de la muerte
  •  El manejo de esa tristeza y ese desgarramiento indican la capacidad humana por hacerse cargo de su propia mortalidad y finitud. Es la creación de los mundos que habita  lo que logra sostenerlo y mantenerlo en ellos, que lo reconcilian con su animalidad humana. Entretanto, y afortunadamente, tenemos el arte para señalarle el camino.
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Más allá del Bien y del Mal

Bryan Hitch, Paul Neary, Laura Depuy y Warren Ellis, The Authority Nro. 11 (marzo de 2000). Wildstorm.
  • Está claro que es Ellis – uno de los herederos de Moore – el arquitecto de The Authority. Con algunos vicios británicos – cierta exageración escatológica – pero con una fuerte y consciente carga política e ideológica. Digámoslo así: el desafío a la moral del superhombre nitzcheano en la deconstrucción superheroica como poética.Una variante de la filosofía pop.
  • Jenny Sparks, líder del grupo, es literalmente la encarnación del siglo XX: su poder es la electricidad y su vida empieza y termina con el siglo. El planteo de Ellis/Sparks no es tanto cómo sería si los superseres existiesen sino cómo hacer para cambiar el mundo. Aquí lo nitzcheano y la crítica al género: los superhéroes no están atados a las reglas morales humanas porque han dejado de serlo, hacen sus propias reglas y en eso consiste su potencia política subversiva. Claro, hay consecuencias.
  • El presidente norteamericano amenaza al grupo, le responden “No jugamos a ser héroes contra villanos para mantener el statu quo. Nosotros lo vigilamos a Ud.” En otra secuencia, el villano resulta ser un genio decepcionado que abandonó su lugar de científico loco de la Guerra Fría para intentar abolir el capitalismo, el último gran enemigo. Los héroes lo vencen, pero le proponen unirse a ellos. Después de todo, no se trata de repetir el juego acción-reacción-resolución. Se trata de cambiar al mundo, de no temerle al poder. El poder de los cuerpos se potencia en la unión sin renunciar a sus diferencias.
  • El grupo que amenaza con abolir al Capital habita una nave viviente, que orbita la Tierra pero que navega entre realidades, un multiverso de posibilidades. Una ciudad flotante donde viven los refugiados del planeta. La geopolítica global reconstruida por la imaginación. Cambiar el mundo es destruirlo para salvarlo. Los comics funcionan como plan de operaciones de la posthumanidad.
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Tiempo al tiempo

Ruppert&Mulot (2011).
  • Ruppert y Mulot funcionan como dupla creativa de una serie de extraños, perturbadores ejercicios gráficos. Animaciones del infinito, humor surrealista, la fantasía alcohólica de un Elvis decadente paseándose como el Little Nemo de Winsor McKay por la metrópolis alucinada, ingenuo y bello fan art. Y esos cuerpos cercenados. ¿Qué es lo que los destruye? Diría que el tiempo, el tiempo del Capital para ser más exacto. El único rasgo facial parece ser las dos agujas de un reloj, de manera que el tiempo biológico es el tiempo instituido, medido, igualmente fragmentado e infinito.
  • Segundo factor de extrañamiento: el esquematismo de los cuerpos los asocia a esos manuales de emergencia de los aviones – algún día habría que hacer un estudio en torno a esas extrañas guías de la fatalidad -. Como en Fight Club (David Fincher, 2004) el esquema era tomado para subvertir su mensaje, para revelar cómo los cuerpos se someten a su propio traslado bajo riesgo de muerte. El dinero puede fluir seguramente en sus redes inmateriales y electrónicas; los cuerpos deben sortear obstáculos, entre ellos su aniquilamiento.
  • El cuerpo dividido es el cuerpo sometido, la renuncia a sí mismo como potencia delegada a la maquinaria productiva. El borrado final del límite entre el tiempo libre y el trabajo nos pone en una posición angustiante. El templo burgués de la vida privada ya no es seguro, se derrumba ante la contradicción de lo que se tiene y lo que se es. Pero los autores hacen algo interesante: los comentarios son dibujados, no escritos. Hay un diálogo tan esquemático y básico – algunos parecen hechos con Paint – que a su vez es una manera de recomponer la corporalidad perdida. Todos podemos dibujarnos, sin agujas, con tiempo propio. Será cuestión de un ejercicio singular y colectivo, manifiesto sin otro objetivo que vivir.
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