El hombre que cuando encuentra el tesoro, llora de tristeza – Der Schatz (1923), G. W. Pabst

El ayudante, aquel que ha infectado con el ansia del oro a la familia campesina alemana, finalmente ha encontrado su tesoro. Ríe, junto a sus patrones, loco de alegría, como un niño. Toma una copa del oro de los turcos, mete unas monedas y hace sonar la copa como un sonajero dorado. Pero la diversión es breve, y rompe en llanto y desespero. Svetelenz está triste, porque su verdadero deseo, Anna-hija-del-maestro-fundidor, no corresponde su amor. Sin embargo, hay algo más: el deseo que lo empujaba, que lo obsesionaba dándole un objetivo a su existencia, se ha materializado, y no es más que un sonajero improvisado, unas monedas repartidas por el suelo, el oro de los tontos. Sólo resta destruir los cimientos de la casa campesina, loco de resentimiento, llevándose a sus amos al infierno. Ya lejos, Anna y Arno, los jóvenes, apenas devuelven una mirada al pasado, mientras encaran juntos y sonrientes el bello camino plagado de futuro. Es 1923, y diez años más tarde, el cabo Adolf Hitler es nombrado Canciller del Reich. El futuro ha llegado.

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